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lunes, 15 de julio de 2019

Onirología filosófica




Fernando Flores Bailón

(Primera parte)

Esto nadie lo creerá, por ello jamás lo platicaré en su totalidad. No obstante dejo aquí constancia de estos sucesos relevantes de mi vida personal. Transcribo para no olvidarlos en detalle, para leerlos en un futuro en caso de que alguna de mis investigaciones lo requiera, o quizá para leer cuando haya perdido el rumbo y necesite recuperarlo.



Aún recuerdo cómo inició todo esto, ¿cómo podría olvidarlo si se trata de un evento
importante en mi vida? Había sido otra noche de desvelo trabajando en la tesis, último semestre
en la universidad y en una habitación claramente de estudiante, un camastro, un taburete, una
mesa y silla, un librero y como único electrodoméstico el viejo radio que había traído conmigo
de la casa de mis padres. Pronto amanecería y yo tenía que ir a la escuela así que apagué la luz y
me dirigí al camastro. A pesar de estar exhausto mi mente seguía activa. Giré en dirección al
taburete para bajar el volumen de la radio, hacía un rato que sonaba Chopin y al parecer
continuaría; entonces traté de dormir, concentrándome en mi respiración, en mi cuerpo cansado
y en menor medida en un mundo como voluntad según Schopenhauer.
Perdida la noción del tiempo abrí los ojos, la inquietud de no estar dormido aún se
apoderó de mí, fue el nocturno de Chopin el que me devolvió la tranquilidad, con cada una de
sus bellas notas hizo que mi noche adquiriera dimensiones descomunales, todo se llenó de un
halo solemne y mi vista magnéticamente se dirigió a las alturas, como si algo me aguardara ahí.
Y sucedió.
El alto techo de mi habitación empezó a desvanecerse cual niebla, poco a poco la bóveda
celeste se dejó ver, estrellas tocaron con su luz a mis ojos, para cuando el techo hubo
desaparecido totalmente yo estaba viendo al infinito universo poblado de estrellas. Sé que no se
han inventado las palabras para denominar lo que entonces sentí –de lo contrario lo plasmaría
aquí con su nombre, tal sentimiento no debe condenarse a desaparecer- lo más próximo podría
ser considerarle como un ferviente anhelo de fundirse, de convertirse en eso que mis ojos veían
al unísono de Chopin. Levanté los brazos para alcanzar o para abrazar al infinito. Lo que ocurrió
después me sobrepasó, las estrellas empezaron a descender lentamente como copos de nieve
que caían en mis manos, en mi cuerpo y en la habitación. Estaba fundiéndome. Esto era algo
más allá de lo bello, incluso la sensación estaba más allá de mi cuerpo; ¿hacia dónde llevaba todo
esto? no lo supe ya que emergió una pizca de autoconciencia individual queriendo mantenerse
ante el laúd de totalidad, me sobrevino la contrariedad, el sentimiento extrasensorial comenzó a
ser notado por mi cuerpo y sus delimitaciones, vi las cosas desde mi humanidad. En primer lugar,
recordé que estaba despierto, y en segundo lugar lo que estaba sucediéndome era anormal, me
horroricé, el universo estaba cayéndome encima y me aplastaría. Con todas las fuerzas que me
quedaban me sacudí, al instante las estrellas se esfumaron y se cerró el techo sobre mí. El piano
nocturnal de Chopin seguía sonando. “¿Qué había sido todo eso?”, me pregunté. De un
momento a otro había pasado de lo más agradable a lo terrorífico. Me incorporé casi temblando
y corrí las largas cortinas color vino, situadas justo detrás de la cabecera. La luz de las luminarias
trasnochadas entró a mi habitación, me tranquilizó esa amarillenta luz artificial. Me dirigí a la
mesa, tomé la jarra y bebí el agua de ella, seguía confundido aunque ya no tan perturbado.
Calmada mi respiración regresé a la cama, dispuesto sino a dormir al menos descansar al cuerpo
yaciendo acostado; mientras tanto, me continuaba cuestionando “¿qué había sido aquello?” La
música me permitió para fortuna mía dormir.

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