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martes, 30 de julio de 2019

Onirología filosófica




Colaboración especial para MEXIQUENSE del

Mtro.Fernando Flores Bailón

(Última parte)
Esa puerta significó una inauguración y una creación, es estulto olvidar que todo aquello traído
a la existencia ya no puede ser desecho, ni por la misma divinidad. Ya lo dijo Plinio el viejo, que
de una sola cosa está privado Dios, de hacer que no haya sido lo que es. Así que finalmente la mujer,
al igual que el vino, fueron superados. Las visiones aparecieron de nuevo, yo me inmovilizaba
cada noche, mientras surgían de las paredes, entraban por las ventanas o saltaban sobre la cama
esos seres inconexos, ilógicos, terribles. Lograron traspasar mi piel, al cerrar los ojos ellos se
mantenían dentro de mí, desfilando en mis pensamientos. Cada vez eran más fuertes y
numerosos, al parecer, al haberlos evitado acumularon fuerzas, ellos crecían mientras yo me iba
haciendo pequeño.
Decepcionado tuve que prescindir de la mujer y el vino, pero lo más trágico fue que
finalmente me decidí por abandonar todo intento de descifrar los misterios de la existencia.
Abandoné la ciudad, abandoné a la mujer, abandoné el vino y los libros. Opté por la tranquilidad
del pueblo donde crecí.
Llegué al campo un día antes del otoño, seguro y confiado de que huía de mi sufrimiento,
su aire ligero y limpio me permitió ver con claridad el mundo, el tiempo, el espacio. Ahora tan
sólo me dedicaría a observar. Como dije, lo que me sucedió no se detuvo, sino que continuó
evolucionando, y he aquí que vi a dónde llevaba todo eso.
Al día siguiente de mi arribo al pueblo, vi al otoño manifestarse, ahí estaba, en una hoja
de buganvilia del jardín, era una hoja amarilla, la única de entre todas las demás de color verde.
A partir del siguiente día una a una las hojas comenzaron a cambiar de color, a marchitarse, luego
se secaban y caían obedeciendo al otoño. El amarillo había saltado de hoja en hoja, de árbol en
árbol hasta que el verde no fue más, finalmente oscuros y pálidos colores cubrieron los pies de
los arbóreos esqueletos. Cómo me entusiasmaba aquello, la marcha lenta, siempre avante y
segura del otoño. Tanto era mi entusiasmo y placer que mi espíritu también palideció, estaba
deshojándose, había otoño en mí. Lo más maravilloso fue que no había vuelto a alucinar o
fantasear despierto. Sin duda la serenidad del campo era responsable de mi buena salud.
Extasiado como estaba y con los árboles desnudos de hojas comencé a salir por las
noches al patio para ver las estrellas incontables. Una de esas noches fue ceremoniosa y aportó
el motivo para este escrito. Comenzó como cualquier otra, sin saber que esa noche fue la
coronación de aquello que años atrás había tenido inicio. Era la media noche, el reloj de la iglesia
sonaba en mis oídos, doce veces el badajo golpeó la broncínea pared cónica anunciando el nuevo
día. Salí de la casa, me paré en medio de árboles somnolientos y encogidos por el sereno
agradable y que mis propias mejillas padecieron gustosamente también. Contemplaba la bóveda
celeste, mirando al zenit y recorriendo el firmamento con la mirada, descendiéndola hasta que
se topó con la vastedad del campo; vi a mi viejo perro que dormía, pensé en su compañero, el
gato de mi madre, lo busqué con la mirada, lo encontré durmiendo sobre el tejado acurrucado
entre hojas ocres. Meditabundo sentí la frescura del sereno acumulado en la ropa, estaba a punto
de regresar a la vivienda por alguna manta cuando el espectáculo dio inicio. Ahí, de pie en el
patio, en medio de árboles vacíos, contemplé cómo de entre el aire iban saliendo numerosos
seres, por aquí y por allá se abría el aire y lo increíble se manifestaba; esta vez no era a mí a quien
buscaban eso entes, yo estaba de pie, no acostado, estaba fresco no cansado. Seguí con la mirada
a uno de ellos y vi cómo se introducían por la nariz de mi perro, esos seres sueltos y fantásticos
eran los sueños de los animales que entraban por la respiración, por allá entraban en lagartijas y
ranas, roedores también los respiraban, logré ver cómo unos salían tranquilamente por los ojos
del gato cuando éste despertaba simplemente para reacomodarse en el tejado. Toda esa multitud
de entes me es difícil describir. Jamás imaginé que las bestias pudiesen soñar con seres como
estos, qué limitada había estado mi mente y mi imaginación, qué cerrados mis ojos y mi
percepción.
Es fácil deducir cuán ligeros son esos entes para no despertar a la bestia. No tienen pies
pues no tocan el suelo, empero, tienen algo parecido a extremidades porque los vi cruzar el
espacio, a pesar de que el suelo era una gran alfombra de hojas secas, ninguna se rompió con su
andar, ni tampoco quebrantaron el silencio. Era como si sus “pasos” se posaran en el aire.
El sueño animal es algo sorprendente, es inhumano, tales seres nuestra mente no los
soportaría, creo que rompería la frágil y complicada mente humana que se logró con millones de
años de evolución. Seguramente alguna vez soñamos con esos seres, alguna vez nos
acompañaron durante el sueño, pero de eso nada ha quedado registrado en la memoria humana.
Es pues mi misión dejar prueba –aunque sea sólo para mí- de cómo son los sueños bestiales,
cómo se introducen por la respiración animal y cómo salen por los ojos cuando el animal los
abre.
Dejo constancia para leerlo después. Que el papel preserve esta noche y que con el paso
de los años, la pesada mente con tantas imágenes, recuerdos y pensamientos no confunda esta
noche con un sueño. Sábelo tú, que ahora escribes y luego de muchos años ahora lees:
“Aquello fue real”; había pasado ya la media noche, cuando el espectáculo dio inicio. Helos
ahí frente a ti y cada vez eran más y más, algunos pasaban detrás de ti o cerca de tus narices,
otros entre tus piernas, tantos seres para un gran número de bestias dormidas en su medio
ambiente, soñando en estado salvaje seres salvajes y tú los has visto. Por favor no olvides esos
colores, esas formas, esa sutileza material que te provocó deseo de escoltarlos hacia su destino,
pero resististe, no moviste ningún músculo. Recuerda el sigilo que les rodeaba al andar, ya que
parecían filtrándose en el silencio por lo que jamás despertarían a las bestias; con qué ausencia
de ruido rasgaban el aire para aparecer en el mundo.
¡Ah! ¿De dónde vienen todos los seres del mundo? Su fragilidad y composición hace
imposible atraparlos y someterlos a interrogatorios. Esto me tranquiliza en estos tiempos de
brutalidad científica, donde zanjar, abrir y picar es la forma de apreciar al ente. Pero ni aun así
conocemos la realidad verdadera. ¡Qué distante se está de la realidad! De ella no somos dueños
ni amos, de ella estamos esperanzados. Hoy se coronó aquello que comenzó una noche al
unísono de Chopin. Las cosas que viví tienen sentido ahora, la primera noche en que cayeron
las estrellas fue el mundo que se me revelaba, las siguientes visiones fueron sueños o pesadillas
tratando a ingresar en mí, otras fueron advertencias o intentos de detracciones para abandonar
mi quehacer filosófico. La noche en que iba a apuñalarme a mí mismo, fui yo advirtiéndome de
no avanzar más, intentaba convencerme de retroceder. Se me condenó a sufrimientos y los más
terribles por las noches viví; se me pidieron sacrificios y los hice, dejé al dulce vino y a la bella
mujer. Ahora el mundo se muestra más allá, se me ha concedido una mirada que trasciende a la
cotidiana. Ahora espero ansioso lo que viene.

lunes, 22 de julio de 2019

Onirología filosófica

colaboración especial para Mexiquense de
Mtro.Fernando Flores Bailón





(Tercera parte)


Cuando terminó de amanecer fui en busca de ayuda médica, acepté que lo que me ocurría eran
síntomas de una enfermedad. Cuando describí al médico mis padecimientos, evité narrar los
terribles detalles, me limité a decir que mi cansancio no me permitía dormir, que veía formas y
figuras antes de poder conciliar el sueño y que no podía mover ningún músculo. El médico, por
su cara daba a entender que escuchaba no tanto a un paciente sino a un narrador de cuentos
fantásticos; no me desanimé del todo, confiaba que eso me abriría las puertas del paraíso de los
somníferos y narcóticos que se obtienen únicamente con prescripción médica. Enorme fue mi
decepción, éste médico espectador me limitó a beber té; té por la mañana, té por la tarde y té
por la noche para “regularizar los nervios”, al parecer él no estaba totalmente seguro de que yo
necesitara medicamentos u otro tipo de tratamientos. Líquidos calientes con amargo sabor, vaya
remedio, era apenas una jeringa para apagar un incendio; pero la miserable criatura humana
cuando está desesperada, recurre a cualquier promesa de solución con tal de salir de sus
desgracias. Así que opté por obedecer la prescripción y también acorté mis horas de estudio,
aunque eso me demorase con la tesis.
Nada de eso resultó, me fui convenciendo con el paso de los días y las interminables visitas de
esas visiones, que lo mío no era asunto que la medicina pudiese resolver o tratar de paliar. En un
álgido grado de desesperación decidí embriagarme para olvidar mi padecimiento, fueron varios
días los que me perdí entre botellas de vino y una madrugada recordé por qué bebía, trataba de
olvidar, vaya que lo había conseguido, ese brebaje había venido en mi auxilio, “Eureka”, grité, era
yo un Arquímedes en el siglo XXI. Descubrí por casualidad que el vino podía ayudarme.
Comencé a beberlo en cantidades moderadas mientras me desvelaba, así me adormecía lento y
seguro, así conciliaba el sueño nuevamente y me saltaba el tiempo de vueltas y giros sobre la
cama, el mismo tiempo en que las visiones aparecían; dormía plácidamente ahora, los intrusos
habían retrocedido, de verdad creí que podían desaparecer para siempre. No era tan simple en
realidad.
Culminé mis estudios universitarios, pero mi vida en la investigación apenas comenzaba. Nuevas
dudas, inquietudes y preguntas me continuaron, yo no podía ignorarlas, quería seguir
desentrañando al mundo, contemplarlo sin tapujos. No era fácil ignorar el llamado que el mundo
me hacía con cada giro y cambio; el por qué esos colores en el cielo durante el día aparecían, el
canto de las aves a dónde lo encaminan, cuándo lo que es fue creado, por qué el hombre aparece
en medio de todo esto, eran estas y otras preguntas las que me inquietaban y sorprendían. Por
eso continué con las horas de desvelo acompañándome del vino. Entusiasmado por recuperar
mi equilibrio mental continué trabajando en resolver los enigmas que el mundo me presentaba.
Sin embargo esos entes nocturnos no se rendirían, no estaban dispuestos a sucumbir y
aprendieron a ser inmunes a mi paliativo.
A medida que continuaba investigando, exigiéndole a mi intelecto, mis energías fueron a
concentrarse enteramente en él, supongo que descuidaron alguna oquedad, algún pasadizo
secreto que esas endemoniadas alucinaciones hallaron pudiendo así atravesar el océano de vino
y acortar la distancia conmigo. Cuando llegué a creer que el vino me impedía emplear al máximo
mis capacidades intelectuales lo alejé de mi vida. Pronto esos seres fantásticos que habían sido
anegados por litros y litros de bendito vino comenzaron a emerger; hicieron acto de presencia
una vez más bajo las mismas condiciones, mi cuerpo exhausto pero mi mente activa. La
indecisión era terrible, no estaba dispuesto a dejarles pasar, pero tampoco quería dejar de
filosofar. Las horribles criaturas que me siguieron visitando durante la noche me llevaron a optar
por regresar a paliar mi malestar con copioso vino. Sin embargo, el poder del alcohol comenzó
a amainar ya no era suficiente y las visiones, noches espantosas me hicieron pasar otra vez. El
miedo a la noche me había convertido en una criatura primitiva, huía de las sombras, hasta que
terminé por tener un miedo irracional a la soledad nocturna. No era la solución abandonarme al
licor, eso implicaba empobrecer mi filosofía, algo a lo que no estaba dispuesto; tenía que
encontrar una solución a mis temores y males, barajé varias opciones, escogí de entre ellas, el
pasar las noches acompañado y combatir lo monstruoso con lo hermoso, ese fue mi propósito.
Busqué la compañía de la mujer, recurrí a la protección que sus brazos y pecho me ofrecían; la
mujer siendo hija de la belleza podría con su calor y abrazos alejar de mí las terribles visitas de
seres etéreos. Varios meses pasé las noches en un ligero estado etílico y refugiándome en el
pecho de una mujer hermosa. Fui un iluso. En realidad yo había cruzado la puerta y no había

jueves, 18 de julio de 2019

Onirología filosófica

Participación especial para MEXIQUENSE de
Mtro.Fernando Flores Bailón




(Segunda parte)
Conforme los días pasaron las visiones me siguieron por las noches al terminar de trabajar en la
tesis. No dormía de inmediato, sino que daba vueltas y cambiaba de posición constantemente en
la cama, era en esos momentos cuando las visiones me venían; tenían tanta similitud con los
sueños, esas imágenes eras inconexas y sin sentido para alguien despierto. Recuerdo una ocasión
que surgieron del aire nubes negras alrededor de mi cama, daban giros y se expandían, poco a
poco fueron tomando forma, finalmente las nubes dejaron de moverse y dieron paso a una
decena de hombres vestidos de negro; yacían ahí, parados en torno a mí sin decir nada,
mirándome fijamente y yo consternado sin saber qué pasaba, sin saber qué hacer, luego de un
tiempo se esfumaron. En otra ocasión fue un alter ego el que apareció en la habitación, eso no
me causó mayor temor, pero sí asombro; me observaba como quien observa la escena de una
película en la que se está por revelar una parte importante de la trama. Ahí estaba yo, al fondo
de la habitación, completamente desnudo, parado sobre un gran charco de agua, momentos
después ese yo se encorvaba a coger de esa agua para lavarse con ella.
Ante confusas visiones que me acudían por las madrugadas mi gusto por dormir minaba;
ya no quería que llegara la noche para no alucinar, para no ser más visitado por seres extraños e
ilógicos representando escenas incomprensibles. Sin embargo, mi situación lejos de terminar,
evolucionaba, fui partícipe de una visión determinante, que abrió otra puerta y yo ingresé a un
espacio del que ya no había marcha atrás, ahí donde ingresaba sólo se podía andar hacia adelante,
nunca hacia atrás, para entonces no lo sabía; supe esa noche, por lo que hube experimentado,
que mi vida se descarrió, el gran impactó que me provocó esa visión me obligó a buscar ayuda
de la medicina. Esa quimera casi me mata y lo digo así, porque así fue.
Había cumplido con todos los pasos de la noche para antes de dormir, había acabado de
leer y escribir, apagué la luz y me acosté. Bajé el volumen del radio para intentar concentrarme
en dormir, algo que para entonces ya me resultaba difícil. Esa noche cuando me creía dormido
yo seguía despierto, los ojos abiertos mirando la habitación lo confirmaban. Recibí otra visita de
un ente, surgido de la esquina de la habitación, que caminaba hacia mí. A medida que se acercaba
se revelaban los detalles, ahí estaba yo otra vez, “entonces así es como me ven los demás”, pensé.
“Con ese andar, con esa cabeza, con esos brazos”, me dije. Para cuando tocó el turno de
contemplarme las manos vi que ese yo sostenía una daga; el horror mortis se propagó en mí, quise
salir de la cama pero no podía moverme, estaba completamente inmovilizado, como si una loza
invisible me lo impidiera. En mi desesperación hice por gritar para alejar a ese yo que se acercaba
amenazante, pero mi garganta era un puño cerrado. Mis ojos se abrieron al máximo, a pesar del
miedo no quería perder detalle de lo que ocurriría; mirar fijamente, esa era mi única y estúpida
defensa, los ojos me empezaron a arder, tuve que parpadear para lubricarlos, in ictu oculi ya no
había nadie acercándose, la tranquilidad no tuvo tiempo de llegar ya que con el rabillo del ojo
derecho noté un bulto, ese yo estaba de pie a mi lado, dirigí toda la mirada a mi amenaza. El yo
me miró a los ojos, me miraba a mí mismo sin espejo alguno, algo que en este mundo normal
no es posible. Mi gemelo levantó la daga, era el movimiento natural de quien prepara una
puñalada, mientras yo en la cama seguía sin poder moverme ni gritar. Mantenía mi estúpida
defensa de seguir mirando, “es el final”, dije en mis adentros. Cuando el brazo comenzó a
descender apreté los parpados esperando la estocada, aguardé el dolor, lo frío del metal y luego
lo caliente y húmedo de mi sangre sobre la piel. No llegué a experimentar ninguna de esas
sensaciones.
Luego de la breve demora abrí los ojos, ya no había un yo armado a mi lado sino un yo
decapitado tumbado sobre mí, que me presionaba el cuerpo con más fuerza, impidiendo mis
movimientos. Fueron instantes terribles, estaba en el fin del mundo, sino es que cayendo del
precipicio. Pensé que estaba vencido, pero esa eterna voluntad de no dejarse ir, esencia de todo
ser vivo, hizo renacer mis fuerzas, me llenó de bríos, di un salto que escandalizó la habitación
con el rechinido del camastro. Terminé en el suelo, sin ese cuerpo decapitado; lo busqué en la
penumbra, había desaparecido. La respiración precipitada me sofocaba, el miedo ancestral a la
oscuridad me nació. Me levanté del suelo y corrí a encender la luz buscando con ella auxilio, la
realidad no parecía normal del todo, el bombillo era una antorcha rodeada de tinieblas que apenas
si impedía que monstruos, demonios y bestias se acercaran para dañarme. Una vez sentado a la
orilla de mi cama, aguardé un amanecer que me pareció nunca llegaría, esperé tanto que envejecí
esa noche. Eso vivido fue una ruptura.

lunes, 15 de julio de 2019

Onirología filosófica




Fernando Flores Bailón

(Primera parte)

Esto nadie lo creerá, por ello jamás lo platicaré en su totalidad. No obstante dejo aquí constancia de estos sucesos relevantes de mi vida personal. Transcribo para no olvidarlos en detalle, para leerlos en un futuro en caso de que alguna de mis investigaciones lo requiera, o quizá para leer cuando haya perdido el rumbo y necesite recuperarlo.



Aún recuerdo cómo inició todo esto, ¿cómo podría olvidarlo si se trata de un evento
importante en mi vida? Había sido otra noche de desvelo trabajando en la tesis, último semestre
en la universidad y en una habitación claramente de estudiante, un camastro, un taburete, una
mesa y silla, un librero y como único electrodoméstico el viejo radio que había traído conmigo
de la casa de mis padres. Pronto amanecería y yo tenía que ir a la escuela así que apagué la luz y
me dirigí al camastro. A pesar de estar exhausto mi mente seguía activa. Giré en dirección al
taburete para bajar el volumen de la radio, hacía un rato que sonaba Chopin y al parecer
continuaría; entonces traté de dormir, concentrándome en mi respiración, en mi cuerpo cansado
y en menor medida en un mundo como voluntad según Schopenhauer.
Perdida la noción del tiempo abrí los ojos, la inquietud de no estar dormido aún se
apoderó de mí, fue el nocturno de Chopin el que me devolvió la tranquilidad, con cada una de
sus bellas notas hizo que mi noche adquiriera dimensiones descomunales, todo se llenó de un
halo solemne y mi vista magnéticamente se dirigió a las alturas, como si algo me aguardara ahí.
Y sucedió.
El alto techo de mi habitación empezó a desvanecerse cual niebla, poco a poco la bóveda
celeste se dejó ver, estrellas tocaron con su luz a mis ojos, para cuando el techo hubo
desaparecido totalmente yo estaba viendo al infinito universo poblado de estrellas. Sé que no se
han inventado las palabras para denominar lo que entonces sentí –de lo contrario lo plasmaría
aquí con su nombre, tal sentimiento no debe condenarse a desaparecer- lo más próximo podría
ser considerarle como un ferviente anhelo de fundirse, de convertirse en eso que mis ojos veían
al unísono de Chopin. Levanté los brazos para alcanzar o para abrazar al infinito. Lo que ocurrió
después me sobrepasó, las estrellas empezaron a descender lentamente como copos de nieve
que caían en mis manos, en mi cuerpo y en la habitación. Estaba fundiéndome. Esto era algo
más allá de lo bello, incluso la sensación estaba más allá de mi cuerpo; ¿hacia dónde llevaba todo
esto? no lo supe ya que emergió una pizca de autoconciencia individual queriendo mantenerse
ante el laúd de totalidad, me sobrevino la contrariedad, el sentimiento extrasensorial comenzó a
ser notado por mi cuerpo y sus delimitaciones, vi las cosas desde mi humanidad. En primer lugar,
recordé que estaba despierto, y en segundo lugar lo que estaba sucediéndome era anormal, me
horroricé, el universo estaba cayéndome encima y me aplastaría. Con todas las fuerzas que me
quedaban me sacudí, al instante las estrellas se esfumaron y se cerró el techo sobre mí. El piano
nocturnal de Chopin seguía sonando. “¿Qué había sido todo eso?”, me pregunté. De un
momento a otro había pasado de lo más agradable a lo terrorífico. Me incorporé casi temblando
y corrí las largas cortinas color vino, situadas justo detrás de la cabecera. La luz de las luminarias
trasnochadas entró a mi habitación, me tranquilizó esa amarillenta luz artificial. Me dirigí a la
mesa, tomé la jarra y bebí el agua de ella, seguía confundido aunque ya no tan perturbado.
Calmada mi respiración regresé a la cama, dispuesto sino a dormir al menos descansar al cuerpo
yaciendo acostado; mientras tanto, me continuaba cuestionando “¿qué había sido aquello?” La
música me permitió para fortuna mía dormir.