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El Mexiquense hoy

jueves, 18 de julio de 2019

Onirología filosófica

Participación especial para MEXIQUENSE de
Mtro.Fernando Flores Bailón




(Segunda parte)
Conforme los días pasaron las visiones me siguieron por las noches al terminar de trabajar en la
tesis. No dormía de inmediato, sino que daba vueltas y cambiaba de posición constantemente en
la cama, era en esos momentos cuando las visiones me venían; tenían tanta similitud con los
sueños, esas imágenes eras inconexas y sin sentido para alguien despierto. Recuerdo una ocasión
que surgieron del aire nubes negras alrededor de mi cama, daban giros y se expandían, poco a
poco fueron tomando forma, finalmente las nubes dejaron de moverse y dieron paso a una
decena de hombres vestidos de negro; yacían ahí, parados en torno a mí sin decir nada,
mirándome fijamente y yo consternado sin saber qué pasaba, sin saber qué hacer, luego de un
tiempo se esfumaron. En otra ocasión fue un alter ego el que apareció en la habitación, eso no
me causó mayor temor, pero sí asombro; me observaba como quien observa la escena de una
película en la que se está por revelar una parte importante de la trama. Ahí estaba yo, al fondo
de la habitación, completamente desnudo, parado sobre un gran charco de agua, momentos
después ese yo se encorvaba a coger de esa agua para lavarse con ella.
Ante confusas visiones que me acudían por las madrugadas mi gusto por dormir minaba;
ya no quería que llegara la noche para no alucinar, para no ser más visitado por seres extraños e
ilógicos representando escenas incomprensibles. Sin embargo, mi situación lejos de terminar,
evolucionaba, fui partícipe de una visión determinante, que abrió otra puerta y yo ingresé a un
espacio del que ya no había marcha atrás, ahí donde ingresaba sólo se podía andar hacia adelante,
nunca hacia atrás, para entonces no lo sabía; supe esa noche, por lo que hube experimentado,
que mi vida se descarrió, el gran impactó que me provocó esa visión me obligó a buscar ayuda
de la medicina. Esa quimera casi me mata y lo digo así, porque así fue.
Había cumplido con todos los pasos de la noche para antes de dormir, había acabado de
leer y escribir, apagué la luz y me acosté. Bajé el volumen del radio para intentar concentrarme
en dormir, algo que para entonces ya me resultaba difícil. Esa noche cuando me creía dormido
yo seguía despierto, los ojos abiertos mirando la habitación lo confirmaban. Recibí otra visita de
un ente, surgido de la esquina de la habitación, que caminaba hacia mí. A medida que se acercaba
se revelaban los detalles, ahí estaba yo otra vez, “entonces así es como me ven los demás”, pensé.
“Con ese andar, con esa cabeza, con esos brazos”, me dije. Para cuando tocó el turno de
contemplarme las manos vi que ese yo sostenía una daga; el horror mortis se propagó en mí, quise
salir de la cama pero no podía moverme, estaba completamente inmovilizado, como si una loza
invisible me lo impidiera. En mi desesperación hice por gritar para alejar a ese yo que se acercaba
amenazante, pero mi garganta era un puño cerrado. Mis ojos se abrieron al máximo, a pesar del
miedo no quería perder detalle de lo que ocurriría; mirar fijamente, esa era mi única y estúpida
defensa, los ojos me empezaron a arder, tuve que parpadear para lubricarlos, in ictu oculi ya no
había nadie acercándose, la tranquilidad no tuvo tiempo de llegar ya que con el rabillo del ojo
derecho noté un bulto, ese yo estaba de pie a mi lado, dirigí toda la mirada a mi amenaza. El yo
me miró a los ojos, me miraba a mí mismo sin espejo alguno, algo que en este mundo normal
no es posible. Mi gemelo levantó la daga, era el movimiento natural de quien prepara una
puñalada, mientras yo en la cama seguía sin poder moverme ni gritar. Mantenía mi estúpida
defensa de seguir mirando, “es el final”, dije en mis adentros. Cuando el brazo comenzó a
descender apreté los parpados esperando la estocada, aguardé el dolor, lo frío del metal y luego
lo caliente y húmedo de mi sangre sobre la piel. No llegué a experimentar ninguna de esas
sensaciones.
Luego de la breve demora abrí los ojos, ya no había un yo armado a mi lado sino un yo
decapitado tumbado sobre mí, que me presionaba el cuerpo con más fuerza, impidiendo mis
movimientos. Fueron instantes terribles, estaba en el fin del mundo, sino es que cayendo del
precipicio. Pensé que estaba vencido, pero esa eterna voluntad de no dejarse ir, esencia de todo
ser vivo, hizo renacer mis fuerzas, me llenó de bríos, di un salto que escandalizó la habitación
con el rechinido del camastro. Terminé en el suelo, sin ese cuerpo decapitado; lo busqué en la
penumbra, había desaparecido. La respiración precipitada me sofocaba, el miedo ancestral a la
oscuridad me nació. Me levanté del suelo y corrí a encender la luz buscando con ella auxilio, la
realidad no parecía normal del todo, el bombillo era una antorcha rodeada de tinieblas que apenas
si impedía que monstruos, demonios y bestias se acercaran para dañarme. Una vez sentado a la
orilla de mi cama, aguardé un amanecer que me pareció nunca llegaría, esperé tanto que envejecí
esa noche. Eso vivido fue una ruptura.

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