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lunes, 21 de octubre de 2019

Un mundo sin Estados Unidos

Antonio Navalón


Nunca sabré si el presidente Donald Trump sabe cuál fue la diferencia entre Theodore Roosevelt y Franklin Delano Roosevelt, ni si alguna vez escuchó hablar de John Haight. Tampoco sabré si Trump es consciente de que fue desde el mismo Despacho Oval que él quiso destruir colocando pantallas para poder ver los programas de Fox Channel y que no le permitieron, desde donde se construyó el mundo del siglo XX.

Desde ese mismo despacho, siendo John Adams el primero que lo ocupó, Thomas Jefferson entendía que para que Estados Unidos pudiera terminar su evolución no sólo se necesitarían principios, sino que también requerirían espacio, territorio y gente. También se dio cuenta de que para lograrlo necesitaría contar con una política con la que pudiera llevar a cabo compras, acuerdos e invasiones.

En su época y por medio de cartas, Theodore Roosevelt y John Haight tuvieron un emocionante diálogo en el que discutían cuánto beneficiaría o no el hecho de que Estados Unidos se convirtiera en un imperio. En ese entonces, Estados Unidos debatió consigo mismo cuál sería su papel en el mundo una vez que ya había conseguido ser el mayor resorte y la mayor reserva moral del triunfo de la democracia. Desde ese momento y hasta la actualidad, el mundo fue esculpido punto a punto desde esa ‘Capilla Sixtina’ del triunfo de la democracia que fueron la Casa Blanca y el Despacho Oval.

En la vida todo pasa y todo queda. Y hoy por primera vez es necesario saber que Estados Unidos, después de abandonarse a sí mismo, es un país que ha abandonado al mundo. En la actualidad se tiene que saber que la política estadounidense limita por una parte con California y por la otra con la América profunda. Hoy en día Estados Unidos no tiene una política exterior hacia Canadá, ni mucho menos hacia México.

Estados Unidos fue el factor determinante para ganar la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Los miedos, la ignorancia y la incompetencia estadounidense hicieron que entre 1918 y 1945 el mundo se fuera construyendo con base en un mensaje de “fuego y furia”

–como le gusta decir al actual ocupante y destructor del papel de Estados Unidos en el mundo– debido a que no supo controlar sus miedos.

La última guerra que Estados Unidos ganó fue la Segunda Guerra Mundial, a partir de ahí todo han sido derrotas, tanto internas como externas. Para las mentes sencillas es difícil entender que Estados Unidos nunca hubiera sido lo que es sin su rol en el exterior, sin el dólar, sin la liquidación del imperio británico ni sin la hegemonía de su poder financiero, militar y tecnológico. Un país como Estados Unidos, encerrado en sí mismo, no es un país que tenga derecho moral ni fáctico para medir el pulso del mundo.

Estados Unidos hace muchos años que no es un socio confiable ni un amigo creíble. Pero después de haber liquidado en dos golpes simultáneos y sin que nadie se le oponga las conversaciones con los talibanes en Afganistán y retirarse de Siria de la manera en la que lo está haciendo, el entorno y el deep state estadounidense están permitiéndole a Trump destruir el papel y la posición de Estados Unidos en el mundo.

Pese a las inmensas reservas de gas shale y de petróleo, Estados Unidos se está retirando de la que es la principal zona distribuidora de energía del mundo, el Golfo Pérsico y el Medio Oriente. La herencia de Trump será haber cedido el control, desde el Estrecho de Ormuz hasta la frontera norte de Israel, a las siguientes potencias: Rusia, Irán, Turquía y China.

No importa que ellos no lo necesiten ni que estén ahogados en su petróleo. A pesar de que Trump ha conseguido establecer un país moralmente enfermo y de que haya logrado destruir el papel de Estados Unidos en el mundo, los estadounidenses necesitan continuar siendo una potencia.

El príncipe Mohamed Bin Salmán recibe con alfombra roja a Putin en Arabia Saudita porque sabe que sólo es cuestión de tiempo para que el eje sobre Siria –ese que acaba de abandonar Trump– le dé una supremacía al acuerdo Irán-Siria-Rusia sobre Arabia Saudita. Buscando también de esta manera asegurar la propia preservación física y evitar ataques como el último sucedido con drones sobre la mayor refinería saudí.

La ignorancia y el desprecio por el conocimiento de la historia y de su país han hecho que, de una manera escalonada y sistémica, Donald Trump haya destruido diversos conceptos desde que es presidente. Algunos de ellos son haber eliminado el concepto a la defensa mutua dentro del Tratado del Atlántico Norte o la virtualidad de las Naciones Unidas. Trump también ha terminado con la cooperación internacional, instaurando la solidaridad como una moneda de cambio. En definitiva, Trump ha destruido la razón por la que los signos del imperio estadounidense eran –a pesar de todo– más positivos que negativos.

A pesar de haber pasado por casi un siglo de “yankees go home”, contra el gringo vivíamos mejor. Los estadounidenses ya están en su casa. Pero hay que saber que no es que el mundo se haya quedado huérfano, es que se ha quedado cojo. Y esto se debe a que lo que era un país con tanto dinero, poder y tecnología se ha convertido en un país cuya política exterior de importancia es que puedan convivir las dos costas –el Este y el Oeste– con la América profunda. América tiene miedo y su miedo la ha destruido.

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