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lunes, 29 de abril de 2019

Cerro de Paula, obligará a replantear el proyecto de diseño y construcción del aeropuerto General Felipe Ángeles, en Santa Lucía,

En el lugar hay vestigios de teotihuacanos, toltecas y mexicas


SANTA ANA TLACHIAHUALPA.

En el Cerro de Paula, cercano a las pistas del aeropuerto de Santa Lucía, el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) ha documentado 33 sitios de las culturas teotihuacana, tolteca y mexica.

Estos vestigios, asentados sobre 736 mil 714 metros cuadrados, obligarán a replantear el proyecto del aeropuerto General Felipe Ángeles.

736 mil 714 m2 es el área donde se ubican los vestigios prehispánicos que obligarán a replantear el proyecto del aeropuerto

En el oficio N° 401.3S.1-2017/1515, fechado el 28 de junio de 2017, , se indica que los sitios más antiguos datan del año 200 a. de C.

No obstante, la identificación oficial de los lugares arqueológicos, a través de folios reales, del área aproximada, elementos que definen a cada sitio, cronología y asociación cultural, el INAH no ubica a estos sitios en ningún lugar específico ni da detalles.

Desde el punto más alto del Cerro de Paula se aprecia la Base Militar de Santa Lucía y el terreno plano donde se construirán las pistas.

También se ve la parte industrial de Tizayuca, Hidalgo, la Laguna de Zumpango, la Hacienda de San Francisco de Paula y un fraccionamiento.

Alejandro Romo Balderas, habitante de Santa Ana, mostró un sitio arqueológico en lo más alto del cerro, también dio cuenta de una serie de cuevas, que son minas teotihuacanas, saqueadas y no exploradas por el INAH.

El Cerro de Paula es tesoro arqueológico

En esta comunidad del municipio de Temascalapa se eleva hasta los 2 mil 600 metros sobre el nivel del mar un cerro al que desde 1714, en tiempos de la Colonia, se le conoce como De Paula. Este macizo de piedra volcánica, que obligará a replantear el proyecto de diseño y construcción del aeropuerto General Felipe Ángeles, en Santa Lucía, reprogramada para junio próximo, es un diamante arqueológico en bruto.

2 sitios que pertenecieron a la cultura teotihuacana son los más antiguos; datan del año 200 a. de C

Las piedras de lava negras, rojas y grises que hace milenios escupió el Cerro Gordo, cuando fue un volcán activo, se confunden con los basamentos de al menos 33 estructuras arqueológicas de las culturas teotihuacana, tolteca y mexica, aunque aún hay varias sin definición cultural, que el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) tiene documentadas en el Registro Público de Monumentos y Zonas Arqueológicos e Históricos, consultado por Excélsior.

En el oficio N° 401.3S.1-2017/1515, fechado el 28 de junio de 2017, el Centro INAH Estado de México estableció que los 33 sitios arqueológicos registrados en el área del Cerro de Paula y sus alrededores, están considerados en el Plan de Desarrollo Urbano Municipal de Temascalapa.

En el inventario que hace el INAH, menciona que el municipio de Temascalapa tiene 109 registros de inmuebles arqueológicos y 30 están registrados como “Cerro de Paula”; otros tres sólo se les ubicaron con numeración (11,12 y 13). Estos 33 vestigios ocupan una extensión de 748 mil 614 metros cuadrados, equivalente a 74 mil 86 hectáreas, o lo que es lo mismo a 104 veces el campo de futbol del Estadio Azteca.


Los sitios arqueológicos más antiguos encontrados en la región denominada por el INAH como “Cerro de Paula” datan del año 200 antes de Cristo, 200 después de Cristo (aunque el INAH coloca la inscripción “a.n.e”-“d.n.e.”).

Se trata de dos sitios. Ambos corresponden a la cultura teotihuacana; el INAH infiere que el contexto de éstos fue habitacional y están sobre mil metros cuadrados, uno y el otro sobre 7 mil metros cuadrados, según documentos oficiales.

No obstante, la identificación oficial de los lugares arqueológicos, a través de folios reales, área aproximada, elementos que definen a cada sitio, inferencia del contexto de cada uno de éstos, cronología y asociación cultural, el INAH, no ubica a estos 33 sitios en ningún lugar específico ni da mayores detalles de lo que en realidad fueron en sus distintas épocas.

Desde lo más alto del Cerro de Paula se aprecia con claridad la Base Militar de Santa Lucía y el terreno plano donde se construirán las pistas de despegue y aterrizaje del aeropuerto Felipe Ángeles. También se ve la parte industrial de Tizayuca, Hidalgo; incluso la Laguna de Zumpango. La Hacienda de San Francisco de Paula, que le da parte de su nombre al cerro y el fraccionamiento de casas habitacionales de interés social medio, con el mismo nombre, que se construyeron en medio de cierta polémica, cuando Enrique Peña Nieto era gobernador del Estado de México.

En esa cima, Alejandro Romo Balderas, habitante de Santa Ana —comunidad dedicada a las labores del campo, en diminutas parcelas de temporal habilitadas entre el pedregal del cerro–, mostró a uno de los sitios en donde desde mediados de la década de los sesenta se hicieron los hallazgos arqueológicos que siguen sepultados debajo de toneladas de piedras, tierra y enormes nopaleras que en esta época están secas.

Ese vestigio documentado por el INAH está en lo más alto del Cerro de Paula. Se cree que fue un centro ceremonial, por la gran cantidad de plantas medicinales que en el sitio crecen cíclicamente, como pirul, diente de león, espinosilla, pata de león, entre otras.

Romo Balderas, quien mostró en el Cerro de Paula la llamada peña Colgada, donde todos los visitantes se toman la foto del recuerdo, también dio cuenta de una serie de cuevas, que no son otra cosa que minas teotihuacanas, que en distintas épocas han sido saqueadas y tampoco han sido exploradas por personal del INAH.

Alejandro Romo dijo que la gente de la comunidad de Santa Ana, donde según el Inegi habitan 5 mil 815 personas, pero también la población del municipio, están preocupadas por el futuro que pueda tener el Cerro de Paula, ante la construcción del aeropuerto en Santa Lucía.

Temen que pueda ser utilizado como mina de materiales, como grava, arena, hecho que ya ha ocurrido en el pasado, y con ello se pueda perder el cerro, que es parte de su identidad; pero también la riqueza arqueológica que saben todos en el lugar existe en ese cerro y sus alrededores.

Guadalupe Jiménez Madrid, cronista municipal de Temascalapa comentó que hay evidencias arqueológicas que sugieren que el territorio fue ocupado desde el 200 A.C., por la referencia oficial y documentada del INAH. Aunque se sabe que Teotihuacán, la población más cercana a este sitio, se desarrolló del 900 a.C.-700 d.C.

La información del INAH sugiere que antes de que se integrara Teotihuacán, en territorio de Temascalapa hubo familias de algún origen étnico que se integraron aquí y que con el paso del tiempo, a la zaga de la gran Ciudad de los Dioses, se convirtieron en tributarios o a manera de intercambio, aportaron tezontle y otros productos.

No obstante, los documentos oficiales del INAH, la falta de proyectos de investigación de parte de este Instituto hace imposible conocer más información al respecto. Esto mismo lo hicieron saber los arqueólogos William Sanders y Jeffrey Parsons, quienes realizaron recorridos de superficie entre los años de 1960, 1975 y 1995, según consta en la página 163 de su libro Arqueología regional en la Cuenca de México: Una estrategia para la investigación futura”, mencionó Jiménez Madrid.

En el Cerro de Paula, que alguna vez fue propiedad de la hacienda de San Francisco de Paula, sin mucho trabajo, sobre las mismas rocas volcánicas se pueden ver y juntar fragmentos de tepalcates decorados, que formaron parte de alguna pieza indeterminada y ubicadas por el INAH como manifestaciones culturales del estilo coyotlatelco.

La Hacienda de Paula —a la que entró Excélsior—, es una construcción de mediados del siglo XVIII. Aunque está completamente en ruinas, todavía se aprecia la magnificencia que tuvo: enormes puertas y ventanales, techos altísimos, espacios espectaculares, con unos torreones con un toque arabesco de ladrillo rojo, ocupados para vigilancia. Es prácticamente imposible adivinar el uso que se le dio a cada uno de los espacios que aún se mantienen en pie, con paredes gruesas como bóvedas, construidas con toda suerte de piedras.

Lo que no tiene lugar a dudas de lo que fue, es una capilla. Hasta hace ocho años ahí estuvo una imagen de San Francisco de Paula.

Dentro de la capilla, que ahora es utilizada como bodega de trigo, hay dos placas que dan pistas cronológicas de quiénes fueron sus propietarios en la época de la Revolución. Una de ellas permanece encima del altar. Es un tributo a la señora Tomasa Urbina viuda de Fernández que “falleció el 28 de enero de 1918 a los 98 años de edad”.

La otra placa está empotrada en una pared y en ella se lee: “En mayo de 1919, puso la primera piedra de esta capilla el sr. Presbo. Luis Velázquez. La Proyectó y dirigió el sr. Ildefonso Fernández. Hoy 3 de abril de 1921 la bendijo su Ilsma. José María Mora y del Río, Arzobispo de México”.

La hacienda de San Francisco de Paula tuvo una vocación pulquera, como prácticamente todas de esta región. Pero después de la Revolución quedó reducida a 200 hectáreas y al edificio principal, que sigue en pie.

Otra prueba de que la Familia Fernández Urbina ocupaba la hacienda de San Francisco De paula en la época revolucionaria quedó impresa en la edición 148 del periódico Regeneración del 5 de julio de 1913.

Una parte de la nota principal de la página 2, titulada El gobernador de Campeche se levanta en armas contra el reinado de Huerta, se lee:

Los moradores de la población de Temascalapa, cercana al Distrito Federal, se muestran alarmados, porque en las inmediaciones de dicha población ha aparecido una partida de cien hombres que solamente se dedican a saquear e incendiar Pueblos.

Dos vecinos de dicha plaza llegaron a la capital a solicitar, aunque sea, una pequeña guarnición; pues que no cuentan con un solo soldado y los únicos defensores de la Plaza son ellos.

Una partida de rebeldes de infantería y caballería, la mayor parte, asaltaron la Hacienda de Paula, “propiedad” del “señor” lIdelonso Fernández, apoderándose de todos los caballos, armas y dinero.

De allí se dirigieron al rancho de “Chopo”, y asaltaron primeramente la casa del burgués Agapito Orozco para penetrar al interior rompieron las puertas y una vez dentro se apoderaron de varios caballos ensillados, así como de una gran cantidad de ropa. Después rompieron los muebles y pasaron a la casa de Máximo Sánchez, donde recogieron armas, caballos y dinero.

En seguida, asaltaron la casa de José Navarrete, donde se apoderaron de más caballos, más armas y más dinero.

De allí se dirigieron a Temascalapa, pero no entraron, solamente se concretaron en asaltar la estación del ferrocarril, llevándose unos antojos de larga vista. Después destruyeron los aparatos telegráficos y se dirigieron al rancho de Mogotz, situado a un kilómetro de Temascalapa, donde saquearon hasta donde se les hizo malo. De la población se les unieron algunos obreros que conocen perfectamente la región, quienes les indican donde puede tener mejores resultados el saqueo.

Las investigaciones de la cronista municipal aún no permiten saber el nombre de los primeros propietarios y la fecha en qué comenzó a operar la hacienda. Jiménez Madrid dijo que solamente se conocen datos aislados, por ejemplo, el acta de cabildo del 6 de febrero de 1868, que menciona:

La jefatura comunica lo que dice el srio. de Relaciones del Gobierno del Estado y por el C. gobernador, quien ordena y autoriza al ayuntamiento que suscribe para que en arreglo de la ley 25 de Junio de 1856, otorgue sin perjuicio de tercero la escritura de adjudicación del terreno conocido con el nombre de Paula a los hijos menores de Cayetano Gómez lo que en el acto se dio el debido cumplimiento pasara en dicho terreno a ratificar la parcela como es debido en consecuencia se asentó la presente acta”.

Comentó que al señalar la Ley del 25 de junio de 1856, se refiere a la Ley Lerdo sobre la Desamortización de Fincas Rústicas y Urbanas, donde se establecía la prohibición de que cualquier corporación civil o eclesiástica tuviera capacidad legal para adquirir en propiedad o administrar por si bienes raíces.

En otra acta de cabildo, ésta del 3 de marzo de 1868, se refiere a que ya entregaron las escrituras al C. Manuel Fortunato y María Canuta, vecinos de Temascalapa e hijos de Cayetano Gómez, solicitando a su vez, una verificación de la adjudicación del Cerro de Paula que posee las siguientes dimensiones: Al norte 345 varas, por el Sur 431 varas, por el poniente 1050 varas, por el oriente 792 varas.

Estos propietarios de 1868 estuvieron obligados a contribuir a los fondos municipales, pagando tres pesos cada año por el redito del capital.

Jiménez Madrid dijo que considerando la importancia de la Ley Lerdo es probable que en ese momento fue cuando el Cerro de Paula dejó de pertenecer a la hacienda, aunque no por ello dejó de funcionar.

Dato no menos importante en la reconstrucción de esta zona en donde estará el aeropuerto General Felipe Ángeles, es la relación que tenía el Cerro de Paula, durante el Virreinato y hasta el siglo XX, como referencia para reconocer o ubicar el Camino Real entre México y Pachuca, el cual pasaba a las faldas del mismo cerro.

Desde hace años, una familia cuida la Hacienda de Paula. La señora que está al frente y su nieto se reservan el nombre de los actuales propietarios. Y cuidan con celo las ruinas de lo que queda de la vieja hacienda.

Lo que sí está plenamente documentado es que en los años treinta, el propietario del lugar fue Walter Oskar Luyken, un ciudadano alemán que llegó a México buscando una mejor forma de vida después de las experiencias que tuvo él y su país debido a la recesión, producto de la Gran Guerra, conocida posteriormente como la Primera Guerra Mundial.

A la par que siguieron con la vocación original de la hacienda, que era la producción de pulque, Walter Luyken y su esposa Elisabeth Katharina Hülsmann encontraron una línea de producción para la hacienda, que fue crianza de pollos y huevo. De hecho, aún permanecen tres naves con lo que fueron los gallineros.

De acuerdo a la biografía de Walter Luyken hijo, en 1955, después de haber estudiado de forma trunca ingeniería mecánica en Alemania, regresó a México y se instaló en la hacienda de San Francisco de Paula.

De acuerdo con esa biografía, que se puede consultar en internet, los familiares de Walter narraron que este hombre vivía solo en el enorme edificio, donde había electricidad, pero no teléfono y la ciudad más cercana estaba a 7 kilómetros por camino de tierra, por lo tanto, no había mucha comunicación con sus parientes.

Hay fotos que lo muestran tocando el acordeón, especialmente cuando sus sobrinos Hermann y Walter Luyken lo visitaban, principalmente, durante las vacaciones escolares.

La hacienda seguía dedicándose a la producción de huevos y al pulque, producción que su madre Elisabeth trasladaba, dos veces a la semana, a la Ciudad de México, para que fueran vendidos en la “Bavaria”, una tienda que la familia tenía y donde vendía algunos productos de Alemania. El 24 de junio de 1969, Walter Luyken, de 33 años, decidió quitarse la vida. Sus familiares atribuyeron el hecho a la soledad en que vivía en la Hacienda de Paula.

LOS DATOS
De acuerdo con la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos, el INAH debió organizar o autorizar asociaciones civiles, juntas vecinales, y uniones de campesinos como órganos auxiliares para preservar el patrimonio cultural en el Cerro de Paula, así como establecer algún museo de sitio para preservar.
Según dicha ley, en su artículo 28, la preservación de hallazgos arqueológicos se debería considerar no sólo en relación con las piezas, los sitios y las estructuras, sino en “su contexto arqueológico y natural”, lo que implicaría su investigación y preservación in situ.
No ha manifestado si, debido al volumen de sitios teotihuacanos, toltecas y mexicas, se declarará este espacio como una zona de monumentos, tal como lo contempla el capítulo IV de dicha ley.
El INAH aún no ha especificado qué tipo de estudios arqueológicos ha realizado en esta zona y con qué tipo de informes técnicos cuenta.


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