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El Mexiquense hoy

domingo, 23 de junio de 2019

De cómo el miedo y la fantasía paralizan nuestras vidas.

Primera parte


Colaboración especial para MEXIQUENSE del maestro;
Por: Fernando Flores Bailón

En las noches de insomnio tienden a vagar los pensamientos y las ideas dentro de mi mente,
corren en pos de un sentido que me está vedado conocer, hasta que en su ir y venir terminan
chocando hasta fusionarse, para dar paso a un nuevo pensamiento o idea que plasmo en el
papel y posteriormente entrego a la redacción de este diario. Esta productividad nocturna y
sus resultados me llena de una satisfacción que se complementa cuando la comparto con mis
lectores. Hoy no es la excepción, esta noche de insomnio ha venido a dejarme una idea que
permanecía en la penumbra de mi mente. Sin embargo, aunque oculta, no dejó de percibirse
como inquieta. Dejo a ti, estimado lector, el pensamiento resultado del insomnio; este
pensamiento no es más que aquella facilidad con que una sociedad puede verse paralizada a
causa de aquello que le causa temor y cómo la misma sociedad contribuye a incrementar este
miedo cuando es complementado con la fantasía.
He divido éste artículo en dos partes, en la primera, recurro a una historia real ocurrida hace
unos cien años y la segunda parte es la identificación del pasado con el presente.
Hace ya más de un siglo, en la comunidad de Tlapa de Comonfort, Guerrero, tuvo lugar un
acontecimiento digno de recordar. Por aquellos años ese poblado fue víctima de un ser
terrible y fantástico, al cual se le conocía como “la mona”. Las descripciones que giraban en
torno a ese ser coincidían que se trataba de una mujer muy alta y maligna, que solía aparecer
por las noches para dañar a todo aquel que se cruzara en su camino, razón por la cual los
pobladores evitaban salir por las noches, en esos tiempos Tlapa tenía como únicas luces
nocturnas a la luna y las estrellas, el alumbrado público simplemente no existía; es así que
cuando las últimas luces del día se extinguían, las personas estaban ya encerradas en sus
viviendas. Que “la mona” había aparecido por la noche se comprobaba por algún animal
desaparecido de las granjas, corrales o establos. “La mona” los devoraba y -se decía- podía
devorar incluso a algún hombre si se lo topaba. Esa señora altísima era ama y dueña de la
comunidad por las noches.
Mas no lo fue por siempre, ya que llegó a colmar la paciencia de los pobladores, que no
soportaron más la angustia y la impotencia de verse encerrados en sus casas por las noches y
ver cómo desaparecían uno a uno sus animales. Ocurrió entonces que una comitiva de
habitantes se reunió y planeó terminar de una u otra forma con ese ser diabólico. Este grupo
de autodefensa pidió al sacerdote de la comunidad su bendición para ellos, así como para
cada una de sus armas y balas, confiaban que el agua bendita surtiría un efecto milagroso en
contra del mismo mal que representaba “la mona”. Una vez benditos, el grupo se atrincheró,
aguardando noche tras noche la llegada de la terrible mujer. Finalmente la noche esperada
llegó y cuando le vieron aparecer, el miedo se apoderó de muchos, los cuales, terminaron
huyendo despavoridos. Los pocos que lograron contener el miedo, sufrieron a su vez una
escalada de valentía que les concedería lo inimaginable. Salieron de su trinchera e hicieron
frente a “la mona”, con asombrados ojos fueron capaces de cerciorarse que la leyenda era
cierta, se trataba de una mujer con una altura sobrenatural. La mujer no se esperó tal
insolencia por parte de tan maltrechos humanos, entonces como un vendaval se precipitó
sobre ellos. Los pocos valientes accionaron sus armas contra la monstruosa mujer. Sucedió
algo inesperado, “la mona” dio media vuelta y se alejó huyendo a toda prisa del lugar, los
hombres estaban sorprendidos, al agua bendita acaso había tenido resultados benéficos;
corrieron tras el ser maligno. Durante la persecución perdieron de vista al monstruo, pensaron
que simplemente había desaparecido; cuál fue su sorpresa cuando con sus antorchas lograron
vislumbrar sobre las calles empedradas manchas de sangre. Si ese ser de otro mundo podía
sangrar, significaba entonces que podía morir. Rastrearon a la criatura por las salpicaduras
de sangre tendidas sobre las desgastadas rocas. Finalmente, el rastro carmesí los condujo
hasta una mortecina y espectral vivienda abandonada. Estaban en el lugar correcto, aunque
ahora parecía que ellos tenían todo en su contra, se habían adentrado al territorio de “la
mona”; el miedo comenzó a recorrer hasta el último centímetro de sus huesos, mientras el
aire frío de la zona parecía querer expulsarlos del lugar, el gélido aliento que salía por sus
bocas, no hacía más que reforzar su idea de que era mejor regresar, antes de que una tragedia
se desencadenara. La situación de estos pobres hombres cambió radicalmente cuando
escucharon sollozos provenientes del interior de la vivienda, la inquietud y curiosidad fue
mayor que su temor. Mientras se acercaban silenciosamente, aumentaba el sonido de esos
sollozos. Lograron por fin ver una puerta de madera, que a través de sus delgadas rendijas
filtraba una rutilante luz. Hurgaron las miradas de estos hombres a través de los huecos de la
puerta y fue entonces que todo el temor, la angustia e impotencia desapareció cuando vieron
que tirada, en suelo de esa habitación, estaba la parte superior del cuerpo de “la mona”, no
era más que un simple maniquí y un poco más al fondo estaba un hombre, común y corriente
sollozando mientras se cubría una gran herida en la pierna.
“La mona” no era un ser de otro mundo, era un simple criminal que se valió de la ignorancia
y el miedo de los pobladores, para así, cometer sus fechorías con impunidad. El monstruo
también sangra estimado lector. Esto es lo que te invito a que reflexiones y tengas en cuenta
para la segunda parte de este artículo. Hasta entonces.

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