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lunes, 3 de septiembre de 2018

Un final catastrófico y un inicio expectante

En sus mensajes de despedida el presidente Peña Nieto parece pedir que se le juzgue usando la métrica a la que recurrió Fidel Castro cuando en 1953 se le juzgaba por el asalto al Cuartel Moncada: “La historia me absolverá”. No es el caso.

Por Cecilia Soto

Independientemente de las actuales estadísticas positivas de algunas de las reformas del Pacto por México, como en telecomunicaciones y recaudación fiscal o de los resultados potencialmente prometedores, pero aún inciertos de la Reforma Energética, el actual gobierno priista falló en responsabilidades que van más allá de políticas públicas específicas o promesas de campaña.
Es cierto que comparado con los finales caóticos de los gobiernos de Luis Echeverría y José López Portillo, acompañados de macrodevaluaciones y rumores de golpes de Estado, ésta parece una transición tersa. Pero lo es sólo en las formas. Los mexicanos han votado masivamente en contra de la continuidad, pero lo han hecho casi como último recurso. De 2016 a 2017, Latinobarómetro (www.latinobarometro.org) detectó en México la mayor caída en la confianza en la democracia de toda América Latina: de 48 % a 38%, 25 puntos menos que en 2002 cuando la confianza en la democracia llegó al 63 por ciento.
Lo catastrófico de este fin de sexenio se muestra en que los cimientos de la vida democrática del país se han visto, profundamente, deteriorados por las fallas de este gobierno: su incapacidad para cumplir con la primera responsabilidad de un gobierno que es garantizar la seguridad de sus ciudadanos y la incapacidad para hacer que prevalezca el Estado de derecho. Violencia e impunidad son las consecuencias prácticas de ambas fallas. Latinobarómetro 2017 recoge la percepción de un gobierno incapaz y corrupto con la siguiente estadística: sólo 8% de mexicanos considera que se gobierna para
todos.
A pesar de estas cifras, a pesar de que el partido del Presidente fue mandado por los votantes a un raquítico 16% de las preferencias, aún así insiste en ratificar que el sello de su gobierno sea la impunidad. Con la decisión de la Procuraduría General de la República, PGR, de no encontrar causa que perseguir en el caso de Alejandro Gutiérrez Gutiérrez, el único en el que una Fiscalía estatal probó un vínculo claro entre las empresas fantasmas hacia las que se desviaban recursos públicos del estado de Chihuahua durante el gobierno de César Duarte y campañas del Partido Revolucionario Institucional, se demuestra que la impunidad es una decisión política deliberada, no una simple falla de integración de carpetas. Es congruente con la decisión de no hacer nada en el caso Odebrecht y salvar a Emilio Lozoya Austin, a pesar de la retórica del “ya mero” del encargado de despacho de la PGR. Es congruente también con la tardanza para gestionar la extradición del exgobernador César Duarte.
Las cifras del deterioro en la confianza en la democracia parecerían ser desmentidas por los resultados de las elecciones, en las que más de 30 millones de electores le dieron un triunfo contundente a Andrés Manuel López Obrador. Vale la pena recordar que la proporción de electores que acudió a votar es, prácticamente, la misma que lo ha hecho en las últimas tres elecciones presidenciales: entre 60% y 63%; no hubo por tanto nuevos convencidos de la democracia que fueran a votar aunque los que lo hicieron cambiaron radicalmente su preferencia.
Más bien parecería ser que los mexicanos le dan a la democracia una nueva oportunidad, una oportunidad que todo indica no parte del entusiasmo por la democracia, ni del convencimiento sólido de que sea el mejor sistema de gobierno, sino del hartazgo, la desconfianza y la apuesta condicionada por una nueva opción.
En su monumental Historia de la Revolución Rusa, León Trotsky describe magistralmente el fenómeno del surgimiento de una especie de inteligencia colectiva que se muestra en los momentos revolucionarios, pero que es efímera, desaparece al poco tiempo como manifestación masiva. Las exigencias de la vida cotidiana la desgasta y esfuma.
La idea de la Presidencia itinerante, de las consultas, etc., expuestas por el próximo Presidente parecerían querer prolongar ese estado de entusiasmo y fervor propios de un momento de ruptura. Está bien querer prolongarlo en el Congreso y en el equipo de gobierno, pero el mandato de las urnas fue muy claro: ustedes a gobernar y los demás a seguir con sus proyectos de vida. Nos vemos en Twitter: @ceciliasotog y fb.com/ceciliasotomx

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