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martes, 8 de septiembre de 2015

EPN y Ayotzinapa: La voluntad por no saber

POR SALVADOR CAMARENA




Once meses y diez días después del 26 de septiembre de 2014, no sabemos si esa noche hubo una o varias mentes criminales detrás del ataque a estudiantes de Ayotzinapa en Iguala, donde resultaron seis personas asesinadas y 43 normalistas desaparecidos. Pero de lo que sí tenemos pruebas, al menos desde ayer, es de que el gobierno de Enrique Peña Nieto no tuvo la voluntad para hacer justicia a las víctimas de la tragedia que descarriló esta administración.

El Grupo Independiente de Expertos Internacionales (GIEI) convocado por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos a solicitud de los padres de Ayotzinapa y del Estado mexicano, dio a conocer ayer su informe inicial sobre este caso.

El documento es una tristeza: capítulos enteros del reporte detallan impericia y/o absurdas omisiones de aquellos que se supone deben procurar justicia.

A nadie en México asombrará que una fiscalía, así sea la PGR, no destaca por puntillosas diligencias. Sin embargo, que en el peor evento de desaparición, y presumible asesinato, de decenas de estudiantes, la Procuraduría General de la República haya cometido yerro tras yerro debería suscitar el más amplio de los debates. Si un delito tan terrible no requirió de un esfuerzo especial, ejemplar, de parte de la PGR, qué esperar de las investigaciones de las procuradurías en crímenes más comunes, que no por frecuentes resultan menos dañinos en cuanto al clima de impunidad.

Entre otras fallas de la investigación de la PGR, que a final de cuentas es la responsable pues atrajo el caso, el reporte dado a conocer por el GIEI enumera:

–Que los reconocimientos médicos de los detenidos fueron muy deficientes e insuficientes para una investigación eficaz de posibles malos tratos.

–Que hay importantes omisiones e inconsistencias en las consignaciones.

–Que los informes de autopsia deberían presentar un aparato gráfico más amplio y demostrativo de las lesiones, tal y como establecen los protocolos.

–Que se perdió información de los videos de inmuebles (central camionera, edificios de gobierno) o casetas de carreteras, pues no fue asegurada por la PGJ de Guerrero ni la PGR.

–Que la ropa recuperada hallada en autobuses Estrella de Oro 1531 y 1568 no fue sometida a pruebas periciales.

–Que durante meses la investigación estuvo dispersa en 14 causas y ocho juzgados, lo que impidió investigar y juzgar de manera integral los hechos.

–Que nunca se configuró una acusación por delito de tentativa de homicidio en contra de normalistas e integrantes del equipo de futbol Los Avispones, y tortura en contra de uno de los normalistas.

–Que debe investigarse plenamente a diversas autoridades por encubrimiento, obstrucción a la justicia y abuso de autoridad, así como por el uso no adecuado de la fuerza.

–Que se debe investigar como línea prioritaria del desencadenamiento de la agresión contra los normalistas el móvil del traslado de estupefacientes (de los Guerreros Unidos).

En enero, Jesús Murillo Karam dio por concluidas las pesquisas y calificó su relato al respecto como “verdad histórica”. Parte esencial de la tesis del gobierno es que lo estudiantes fueron incinerados en un basurero en Cocula, cosa que ayer fue refutada por el informe del GIEI.

Evitemos perdernos en el encontronazo mediático que será la lucha de versiones de técnicos en pirotecnia sobre lo ocurrido en el basurero.

Eso debe quedar aclarado, qué duda cabe, eso y todas las carencias periciales que el grupo de expertos reseña en su informe.

A menos de que desde el gobierno logre imponerse la voluntad por no saber la verdad, y por no hacer justicia.

Twitter: @SalCamarena

lunes, 17 de agosto de 2015

'El Bronco', 'El Peje' y otros “populistas”

Por SALVADOR CAMARENA




Recurro al Diccionario de Política (Norberto Bobbio y Nicola Matteucci, Siglo Veintiuno Editores, 1986) para fijar aquí una definición de ‘populismo’. Luego de advertir que “se ha dicho que el populismo no es una doctrina precisa, sino un síndrome”, ese compendio establece que “pueden ser definidas como populistas aquellas fórmulas políticas por las cuales el pueblo, considerado como conjunto social homogéneo y como depositario exclusivo de valores positivos, específicos y permanentes, es fuente de inspiración y objeto constante de referencia”.

Agrega que “en los varios sistemas populistas resaltan siempre un liderazgo de tipo carismático y la formación de una élite de ‘iluminados’, de intérpretes sagrados de la voluntad y del espíritu del pueblo”.

Todo esto viene a colación porque ni más ni menos el presidente de la República ha echado a andar estos días una maquinaria en contra de ciertos “populistas”.

El 25 de julio, al hablar ante su partido (por cierto, el PRI es mencionado varias veces en el diccionario de Bobbio y Matteucci como ejemplo de populismo) Enrique Peña Nieto dijo que “México tiene que estar consciente de los riesgos" que suponen "la sombra del populismo y la demagogia” que amenazan a las sociedades democráticas.

Al pedir a su partido que no se confíe, el mandatario dijo que “están surgiendo opciones políticas que en su ambición de poder prometen soluciones mágicas, que en realidad terminan por empobrecer a las familias y restringir la libertades ciudadanas”. Finalizó advirtiendo de que “las decisiones populistas, demagógicas e irresponsables destruyen en sólo unos días lo que llevó décadas de esfuerzo institucional construir”.

Hay quien piensa que con su discurso de ese día Peña Nieto puso en claro que el enemigo a vencer es Andrés Manuel López Obrador. Sin descartar lo anterior, creo que las frases del presidente sirven de petate del muerto para tratar de espantar, también, a quienes desde tan temprana hora ven a Jaime Rodríguez El Bronco, gobernador electo de Nuevo León, como un buen prospecto rumbo a las presidenciales de 2018.

AMLO y El Bronco caben en las definiciones de populismo, sin duda. Pero el actual PRI también. Así que antes de que ciertos populistas nos saturen de más advertencias sobre otros populistas (tras el discurso del presidente han hablado al respecto tanto Manlio Fabio Beltrones, quien hace una semana denunció “tentaciones sumamente –sic– populistas”, como los empresarios Gerardo Gutiérrez Candiani y Claudio X.
González), convendría fijar el debate en el origen del problema, y no en campañas del miedo.

Y el origen del problema, paradójicamente, lo tiene bien claro el señor Claudio X. González, quien al criticar al populismo lo hizo en estos términos: “Tenemos que ver hacia adelante cómo se reduce el hartazgo dentro del país porque no podemos permitir que el populismo ataque todo lo que necesitamos hacer en el país para tener crecimiento que sea muy incluyente y el populismo va en contra de eso”. (Preocupan a IP inseguridad y populismo http://bit.ly/1IUiIPH)

En efecto, el origen del problema es el actual modelo político-económico que, como bien lo dijo Peña Nieto, empobrece familias y restringe libertades. Y ese problema se agrava porque nuestra “élite de iluminados”, categoría que incluye a los poderosos empresarios mexicanos, se niega a atender cualquier llamado a cambiar de rumbo, pues se creen los únicos con el sagrado derecho de interpretar la voluntad del pueblo.

Y luego se extrañan del hartazgo.

Entre populistas, unos con carisma y otros sin siquiera eso, te veas.

Twitter: @SalCamarena

martes, 7 de julio de 2015

Debatir con el Ejército, tema inaplazable


Por Salvador Camarena



Durante los últimos meses, de distinta manera y en diversos foros, los titulares de las Fuerzas Armadas han dejado claro su malestar con las condiciones en que Marina y Sedena luchan en contra de la delincuencia organizada. Sobre eso publiqué hace dos meses "La advertencia de las Fuerzas Armadas" (http://www.elfinanciero.com.mx/opinion/la-advertencia-de-las-fuerzas-armadas.html). Sin embargo, la decisión del secretario de la Defensa de dar una claridosa entrevista al respecto, publicada en El Universal el lunes pasado, abre un nuevo capítulo en la manera en que el sector castrense expone su preocupación sobre temas que incluso van más allá de la guerra antinarco.

En esa charla, el secretario de la Defensa Nacional, Salvador Cienfuegos, expuso:

Sobre las condiciones legales y materiales en las que enfrentan a los delincuentes:

“Tendría que pensarse en una ley de seguridad interior y una ley de defensa nacional (…) con eso estaríamos en condiciones de poder participar de mejor manera en apoyo de las autoridades civiles.

“Si vamos a utilizar a las Fuerzas Armadas las utilicemos para poner orden, no para ver si vamos a ver si pondremos orden (…). Si la idea es que sigamos participando habría que pensar en la posibilidad de hacer crecer a las Fuerzas Armadas para que tengamos mayor disponibilidad de medios y atender los problemas en todo el país”.

Sobre la falta de cuerpos policiacos que realicen la labor anticrimen que actualmente las Fuerzas Armadas realizan:

“No veo esfuerzos decididos en algunos estados, en la gran mayoría no veo esfuerzos decididos porque estas policías avancen”.

Sobre la corrupción:

“Sí es un riesgo a la seguridad nacional la corrupción y se puede convertir en una amenaza si no se pone la atención debida para que ésta sea contenida”.

En pocas palabras, lo que el general secretario ha dicho es que urge redefinir la manera en que las Fuerzas Armadas participan en el combate al crimen organizado. Pide para ello que se debata la pertinencia de dotarles de recursos materiales, y que se piense en crear dos leyes. Denuncia además que hay un ambiente de corrupción al que no duda de considerar amenaza.

A pesar de lo inédito de las declaraciones, lo dicho por el general Cienfuegos no suscitó el debate que se hubiera esperado. Ni el Congreso, ni los partidos, ni los gobernadores –ni el gobierno, por cierto– salieron a pronunciarse al respecto. Como si el tema fuera uno más de la agenda en México.

Sin embargo, el debate podría estar a punto de surgir, aunque por razones que el general no habría calculado.

Cuatro días después de las declaraciones del secretario Cienfuegos, el Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro dio a conocer un revelador documento de la Sedena, en donde queda claro que los militares que hacían rondines en la zona de Tlatlaya tenían orden de “abatir delincuentes en horas de oscuridad”.

Una orden de esa naturaleza debe ser explicada a la sociedad por parte del Ejército (por cierto, en la entrevista con El Universal, Cienfuegos habla de esos rondines nocturnos, horas que se eligen, según dice, porque es menor el riesgo de bajas colaterales).

Lo peor que puede hacer el gobierno federal es intentar una excusa semántica (Alejandro Hope dixit) sobre el término “abatir” para justificar el documento dado a conocer por el Centro Pro.

Al contrario. Las Fuerzas Armadas estaban urgiendo al debate. El gobierno debe alentar que éste ocurra. Nadie pierde con un ejercicio de diálogo.

Twitter: @salcamarena

lunes, 29 de junio de 2015

Cartel land: el Michoacán de hoy


Por SALVADOR CAMARENA



La próxima vez que sepan de un debate en torno a las cifras de homicidios dolosos en México, tengan en cuenta que estarán en presencia de uno de los ejercicios más fútiles de cuantos se pueden emprender hoy, si de buscar que a nuestro país lleguen la paz y la justicia se trata.

Perder el tiempo en discutir si los asesinatos bajaron, subieron, si son o no los mejores números en años, es doblemente irresponsable. Supone caer en la trampa tendida por el gobierno federal, que desea que el debate sobre la paz se reduzca a estadísticas, a números de muertes violentas, así, en abstracto. Y supone olvidar que incluso si la tendencia fuera a la baja, las variaciones de esas cifras no representan absolutamente nada con respecto a la justicia que no hemos procurado para la gran mayoría de las decenas de miles de víctimas de una guerra que lleva más de diez años.

Mucho más útil que los ejecutómetros resultará ir al cine a partir de la semana entrante para ver el documental Cartel land, que se estrena el 3 de julio tanto en México como en Estados Unidos.

Cámara en mano, Matthew Heineman nos llevará a presenciar las llamas de un infierno que no porque hoy no sea noticia estelar quiere decir que se ha apagado.

El documentalista nos presenta a dos “vigilantes”, a dos justicieros: Tim Nailer Foley, quien según él trata de combatir a los cárteles mexicanos que trafican drogas y personas a través del desierto de Arizona; y retrata también el ascenso y la caída del doctor José Manuel Mireles, líder de las autodefensas michoacanas que mañana cumple un año detenido en una prisión de Sonora y a quien muchos consideran, con razón, más un preso político de este régimen antes que un criminal.

Cartel land es un filme poderoso, que no permitirá a nadie que lo vea el lujo de la tranquilidad. Es la mejor película sobre el infierno mexicano desde Heli (2013), de Amat Escalante.

“Si ustedes lo están viendo es porque yo ya dejé de existir”, dice Mireles al grabar un video apenas unas semanas antes de ser detenido. En ese mensaje, el doctor habla de sus temores sobre la situación que se vivía en mayo de 2014, y reconoce que creyó que como autodefensa podría acabar con el ciclo de la violencia, eliminar al crimen organizado. Al aceptar su error, denuncia que personas que se les infiltraron han formado su propio cártel, entre ellos Los Viagras, y señala que fue el propio gobierno el que empoderó a este grupo.

Me corrijo. Cartel land no es sobre el doctor Mireles. Cartel land se sirve de la quijotesca figura del médico de Tepalcatepec para mostrar una realidad que nos negamos a entender, y a la que le tienen sin cuidado nuestros debates sobre los ejecutómetros.

El documental muestra a Michoacán como un fracaso de Estado. Que nadie se asuste al ver a policías rurales cocinar metanfetaminas. Que nadie se escandalice porque Mireles patéticamente enamora a una adolescente. Que nadie se rasgue las vestiduras cuando se muestra que los levantados también torturaron, también abusaron.

Porque lo verdaderamente grave es que cada cosa que Cartel land muestra de los años 2013 y 2014 no pertenece en absoluto al pasado. Con otros actores, seguro ocurre hoy.

Entre discutir cifras de homicidios y escuchar en Cartel land los relatos de las masacres de Los Templarios, no hay duda de que lo segundo es mucho más importante hoy.

Twitter: @salcamarena

jueves, 4 de junio de 2015

Entre votar, anular y no votar… me abstengo

Los que comenzamos a votar en 1988 hemos transitado una interesante ruta de citas electorales.
Por SALVADOR CAMARENA

Los que comenzamos a votar en 1988 hemos transitado una interesante ruta de citas electorales.

De la ilusión de esos comicios, donde el sistema se cayó y se calló (Martha Anaya dixit), a la barredora salinista de 1991. Del triunfo del miedo en el trágico 1994, al quiebre del dominio priista en San Lázaro en 1997, incluido el intento manotazo autoritario de Zedillo-Chuayffet. Del adiós al PRI en el 2000 al pernicioso “haiga sido como haiga sido” de 2006. El voto nulo en 2009. Y, por supuesto, el retorno del tricolor en 2012. Este recuento, claro está, sólo registra las citas federales. La historia se vuelve más rica al sumarle los procesos locales, como (para los capitalinos) el que llevó al poder al ingeniero Cárdenas en el Distrito Federal en 1997.

En cada uno de esos procesos era posible distinguir las opciones partidistas, por su ideología o por sus hechos. Y ya fuera por las mejoras legales paulatinas o por los actores mismos, a priori cada cita lucía como un avance de nuestra historia electoral.

En 1988, por ejemplo, la candidatura de Cárdenas hizo pensar a muchos que el poderosísimo régimen sería nada frente a un alud de votos libres a favor del hijo del general. El sucio resultado de esos comicios obligó a crear desde cero un nuevo sistema electoral.

A pesar de recurrir a ciudadanos para organizar los comicios, y varias legislaciones electorales después, hoy es claro que los comicios no pudieron escapar a una advertencia que en 1987 hiciera Carlos Castillo Peraza.

“El problema más grave de México, hoy por hoy, radica en la paulatina invasión de la sociedad por el Estado”, decía en abril de aquel año enLa Nación quien luego llegaría a ser presidente nacional del PAN (1993-96). Siguiendo a Luis H. Álvarez, el yucateco agregaba en ese artículo: “en México ha sucedido que en lugar de que las virtudes privadas hayan pasado a la vida pública, los vicios públicos han empezado a carcomer la vida privada. Para nadie es un secreto el hecho de que, paulatinamente, el Estado –y aquí utilizo este término para designar el monstruo híbrido Estado-gobierno-partido oficial– ha ido absorbiendo a la sociedad”. (El porvenir posible, Fondo de Cultura Económica, 2006, selección de Alonso Lujambio y Germán Martínez Cázares).

En ese texto, Castillo Peraza destacaba que la fortaleza del PAN radicaba en que los ciudadanos lo distinguían de un régimen sin crédito alguno. Hasta que el prestigio panista se fue por la coladera de la ineficiencia y la corrupción. Lo mismo se puede decir del PRD. Los vicios que antes sólo se atribuían al régimen tricolor sustituyeron las supuestas virtudes de la otrora llamada oposición.

El resultado es que en la cita electoral de este domingo hay todo menos pluralidad. Son diversos en la forma pero en la esencia son iguales. Aunque unos más iguales que otros: cuatro partidos dignos de ese nombre –PAN, PRI, PRD y Morena–, y las rémoras de cada temporada, unas más mañosas que otras.

En ninguna otra cita había percibido una total ausencia de opciones partidistas, o la certidumbre de que no hay en este proceso electoral avance alguno, ni siquiera por el puñado de candidatos independientes.

Por eso, y desde mi chilanga circunstancia (si votara en Nuevo León o en Jalisco quizá pensaría distinto) no acudiré a votar el domingo. Por si alguien estaba con el pendiente.

Twitter: @SalCamarena