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jueves, 4 de junio de 2015

Entre votar, anular y no votar… me abstengo

Los que comenzamos a votar en 1988 hemos transitado una interesante ruta de citas electorales.
Por SALVADOR CAMARENA

Los que comenzamos a votar en 1988 hemos transitado una interesante ruta de citas electorales.

De la ilusión de esos comicios, donde el sistema se cayó y se calló (Martha Anaya dixit), a la barredora salinista de 1991. Del triunfo del miedo en el trágico 1994, al quiebre del dominio priista en San Lázaro en 1997, incluido el intento manotazo autoritario de Zedillo-Chuayffet. Del adiós al PRI en el 2000 al pernicioso “haiga sido como haiga sido” de 2006. El voto nulo en 2009. Y, por supuesto, el retorno del tricolor en 2012. Este recuento, claro está, sólo registra las citas federales. La historia se vuelve más rica al sumarle los procesos locales, como (para los capitalinos) el que llevó al poder al ingeniero Cárdenas en el Distrito Federal en 1997.

En cada uno de esos procesos era posible distinguir las opciones partidistas, por su ideología o por sus hechos. Y ya fuera por las mejoras legales paulatinas o por los actores mismos, a priori cada cita lucía como un avance de nuestra historia electoral.

En 1988, por ejemplo, la candidatura de Cárdenas hizo pensar a muchos que el poderosísimo régimen sería nada frente a un alud de votos libres a favor del hijo del general. El sucio resultado de esos comicios obligó a crear desde cero un nuevo sistema electoral.

A pesar de recurrir a ciudadanos para organizar los comicios, y varias legislaciones electorales después, hoy es claro que los comicios no pudieron escapar a una advertencia que en 1987 hiciera Carlos Castillo Peraza.

“El problema más grave de México, hoy por hoy, radica en la paulatina invasión de la sociedad por el Estado”, decía en abril de aquel año enLa Nación quien luego llegaría a ser presidente nacional del PAN (1993-96). Siguiendo a Luis H. Álvarez, el yucateco agregaba en ese artículo: “en México ha sucedido que en lugar de que las virtudes privadas hayan pasado a la vida pública, los vicios públicos han empezado a carcomer la vida privada. Para nadie es un secreto el hecho de que, paulatinamente, el Estado –y aquí utilizo este término para designar el monstruo híbrido Estado-gobierno-partido oficial– ha ido absorbiendo a la sociedad”. (El porvenir posible, Fondo de Cultura Económica, 2006, selección de Alonso Lujambio y Germán Martínez Cázares).

En ese texto, Castillo Peraza destacaba que la fortaleza del PAN radicaba en que los ciudadanos lo distinguían de un régimen sin crédito alguno. Hasta que el prestigio panista se fue por la coladera de la ineficiencia y la corrupción. Lo mismo se puede decir del PRD. Los vicios que antes sólo se atribuían al régimen tricolor sustituyeron las supuestas virtudes de la otrora llamada oposición.

El resultado es que en la cita electoral de este domingo hay todo menos pluralidad. Son diversos en la forma pero en la esencia son iguales. Aunque unos más iguales que otros: cuatro partidos dignos de ese nombre –PAN, PRI, PRD y Morena–, y las rémoras de cada temporada, unas más mañosas que otras.

En ninguna otra cita había percibido una total ausencia de opciones partidistas, o la certidumbre de que no hay en este proceso electoral avance alguno, ni siquiera por el puñado de candidatos independientes.

Por eso, y desde mi chilanga circunstancia (si votara en Nuevo León o en Jalisco quizá pensaría distinto) no acudiré a votar el domingo. Por si alguien estaba con el pendiente.

Twitter: @SalCamarena


jueves, 15 de enero de 2015

El voto: arma y derecho

México.- El dilema no es votar o no votar, sino por quién y para qué. La lucha por el sufragio efectivo ha sido un objetivo de los demócratas, de los ciudadanos que han luchado por los derechos, ya sea desde la visión del igualitarismo, del liberalismo o por aquellos, que desde el conservadurismo, se han opuesto al fascismo.

En toda sociedad plural y diversa, desigual socialmente; pervertida políticamente, violentada y agredida, el voto se convierte en un arma en manos de los excluidos, los oprimidos y los vejados.

En México, esa arma política ha sido construida históricamente para modificar, cambiar, transformar y reformar. Hoy muchos no creen en ella, incluso algunos que llaman a votar, pues no creen en los representantes que eligen, solo creen en las prerrogativas que deja el registro partidario.

El dilema no es votar o no votar, sino por quién y para qué. La lucha por el sufragio efectivo ha sido un objetivo de los demócratas, de los ciudadanos que han luchado por los derechos, ya sea desde la visión del igualitarismo, del liberalismo o por aquellos que desde el conservadurismo se han opuesto al fascismo. Todas las expresiones ideológicas tienen extremos enemigos de la democracia.

Enemigos históricos del voto han sido los fabricantes de fraudes, los que usan los recursos públicos y las prerrogativas para crear súbditos; enemigo del voto libre son el clientelismo y las formas corporativas para controlar el voto. ¿Para que coincidir con ellos?

Al sistema de partidos, no le interesa que los ciudadanos voten. Las prerrogativas partidarias se obtienen, no por el número de votantes, sino por el porcentaje de votos a su favor. El abstencionismo “natural” o el activo —en un sistema de minorías como el que prevalece— contribuye a fortalecer el voto duro de los partidos y hacer más eficiente el clientelismo.

Una estrategia de llamar a abstenerse ayuda a que prevalezca el sistema clientelar, hasta ahora intacto. La decisión de impedir por la fuerza la instalación de casillas, en las condiciones que tenemos, es fatal, porque terminará estableciendo enfrentamiento de ciudadanos contra ciudadanos y victimizando un sistema en descomposición. Es contradictorio, pero es como las vacunas; la enfermedad del voto se combate con el voto.

Hoy la ciudadanía que busca cambiar ha utilizado la crítica, gruñir, manifestarse y se enfrenta a la disyuntiva de ir o no a votar. El problema para decidir lo correcto, como una propuesta ciudadana para cambiar la situación del país, es lograr establecer la causa común en un país complejo y diverso. En zonas de Guerrero por condición actual e histórica, algunos plantean como salida la organización guerrillera a manera de respuesta, pero como alternativa nacional esta idea no se ve válida en estados que buscan ya no entrar, sino salir de la violencia: ¿cómo convencer en Tijuana, frontera de Sonora, Ciudad Juárez y Chihuahua, Torreón y Saltillo, Monterrey, Matamoros, Tampico y Veracruz o Michoacán en la lucha armada, si llevan más de 10 años sumergidos en la violencia y nadie ha ganado?

En la lucha contra las dictaduras argentinas, chilena; en Uruguay, Brasil, Salvador, Nicaragua, Guatemala y Colombia, las grandes sangrías terminaron en pactos y acuerdos de transición a través del voto, ante el carácter infinito de la violencia. En Venezuela, el voto llevó a la constitución bolivariana y los opuestos buscan mediante el voto revertirlo, deteniendo la tentación de los extremos para usar la violencia.

Lo que estamos viviendo es una crisis política y social, una crisis de las instituciones ante las cuales, mientras exista derecho de manifestación y de expresión o elecciones, hay condiciones para organizarse y detener la salida autoritaria y represiva a las crisis.

El debate sobre la posición correcta desde la política democrática no partidista, de su programa y su propuesta, deberá construir el llamado que permita a la sociedad avanzar en la tarea de la justicia y la democracia, para vencer un sistema de partidos ya agotado y que impide el sufragio efectivo.

Para una nueva constitución se requiere no solo ser espectadores críticos y manifestantes, sino construir una mayoría legislativa que surja de una Asamblea Ciudadana autónoma e independiente. La sociedad civil, los ciudadanos deben disputar los espacios de decisión y con las facultades y el voto que se tiene, construir una opción y credibilidad en ciudadanos de carne y hueso. Hoy la utopía debe construirse con acciones concretas y no solo de manifestación efímera.

Hoy, la ley electoral ha cerrado mañosamente (el 26 de diciembre de 2014) el camino para registrar candidatos independientes; aún así, el eslabón débil del sistema está en el voto y por ello sigue siendo subversivo en manos de una opción ciudadana democrática.

Ejercer el voto e ir a las urnas presentando una opción y enseñando a otros ciudadanos una alternativa, sería un punto de partida, una batalla más de una revolución ciudadana.