Uno de los puntos negros de esta elección ha sido la enorme cantidad de denuncias ante la FEPADE y, mucho más, en las redes sociales.
Por Jorge Fernández Menéndez
Al momento de escribir estas líneas no hay aún resultados electorales definitivos. En unas horas más habrá tendencias y quienes se declaren ganadores y robados (en nuestro país casi nadie reconoce con honestidad, en casi nada, que perdió). De todas formas, viendo cómo se ha desarrollado la elección serán muchos los resultados cerrados, serán más aun los que terminarán impugnados, con razón o sin ella, y muchos los que terminarán siendo decididos en tribunales.
De todas formas, con las urnas cerradas en casi todo el país, se puede sacar conclusiones. La primera es que, pese a todo, fue mucha más la gente que decidió votar, la que quiere castigar o premiar, cambiar o conservar, por la vía del voto, que aquella que apuesta a la intolerancia y a la violencia. No es una noticia menor en un país donde una serie de grupos criminales enarbolando banderas políticas le han quitado a la sociedad el protagonismo mediático durante semanas.
Es verdad que hubo hechos violentos en algunos lugares de Oaxaca, de Guerrero, de Michoacán y de Chiapas, también que ha habido otros incidentes aislados muy específicos en otros estados, pero en el país la gente votó en comicios que no han sido tan concurridos, como era deseable, pero que han tenido una participación que está, en promedio, cercana a las dos últimas elecciones intermedias, la del 2003 y la del 2009. Tlapa y Tixtla, Ocosingo y Pinotepa son parte de la realidad pero no la que vive la mayor parte del país. Dice Fernando Savater que “las democracias son un estado de cordura colectiva”. Es verdad, y a pesar de todo el país sigue manteniendo la cordura.
Por cierto, en este capítulo de la violencia queda de manifiesto, una vez más, que la misma sí es enarbolada por movimientos sociales que tienen mayor o menor representatividad, pero, en realidad, los que la ejercen son grupos armados que postulan una vía violenta al poder, que terminan siendo delatados por sus lugares de operación, aquellos en los que la violencia sigue siendo una norma: desde Tlapa y Tixtla, tierra del ERPI, hasta Ocosingo, donde sigue mandando una fracción radical de lo que fue el EZLN.
Uno de los puntos negros de esta elección ha sido la enorme cantidad de denuncias ante la Fepade y, mucho más, en las redes sociales. Me parece una insensatez que Miguel El Piojo Herrera, técnico de la Selección y otros personajes (que no personalidades) hayan utilizado la jornada electoral para publicitar sus preferencias electorales. Es un error, en muchos sentidos, vano: nadie cambió su voto por lo que escribió El Piojo. Pero no es ilegal, aunque en ese sentido ni el INE ni los partidos que condenaron al Verde jamás condenaron públicamente que, en la mañana, la red se llenara de mensajes anunciando un fraude electoral cuando ni siquiera se habían abierto las casillas. Morena ha sido la cabeza de ello, en las redes y en los tribunales: se ha cansado de presentar denuncias, sobre todo en el DF, aunque ni siquiera los observadores de la OEA las vieron. Pero en términos legales es tan errado como legítimo lo hecho por Morena como por el Verde, aunque la reacción de la corrección política no los haya evaluado igual.
En este sentido, la nueva ley electoral dejó de manifiesto algunos beneficios, pero exhibió muchas limitaciones y una sobrerregulación que lo único que logra es complejizar el proceso y alentar la judicialización. Esta ley tiene muchos errores de fondo y de forma, derivados, muchos de ellos, de la prisa con que fue redactada y votada, y de la falta de corresponsabilidad de los partidos con la ley. Los costos reales de la elección son difíciles de cuantificar: por lo pronto, ésta ha sido la elección más cara de la historia. El INE tuvo un presupuesto de unos seis mil millones de pesos; los partidos recibieron una partida similar; hubo, al final, 44 millones de spots (ahora sí que estos comicios un spot por cada elector nos dio) que valen, comercialmente, unos 25 mil millones de pesos, y el dinero negro que se movió, tan presente como las campañas negras, fue inconmensurable. No podemos ir al 2018 sin cambios profundos a la ley electoral.
También se necesitarán, a partir de hoy, más allá de los resultados, cambios en el gobierno y en los partidos, aunque éstos resultan los más refractarios a aceptar que la realidad ya los superó. En términos de gobierno federal, esta elección significa el cierre de una etapa: se requieren cambios de funcionarios y de políticas. Desde hoy, y bastante antes de que inicie la próxima legislatura, el primero de septiembre, debe haber cambios en la política, en el discurso, en funcionarios. En una democracia nadie gana todo y nadie debe perder todo, pero es ineludible leer tanto los resultados como el contexto en el que éstos se dieron y actuar en consecuencia. Y la demanda de cambios es una realidad. Para todos, pero el gobierno federal es el que más rápido y con mayor claridad debe leer estos resultados y este proceso
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martes, 9 de junio de 2015
La obligación del cambio
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junio 09, 2015
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martes, 11 de septiembre de 2012
PRD: ¿es curable la esquizofrenia?
Jorge Fernández Menéndez *
El Loco, como le dice un destacadísimo funcionario perredista, activó a los pejezombies, como les dice un gobernador electo de ese partido, para crear su propia fuerza política. Ya basta de depender de apoyos y siglas de otros: López Obrador convertirá el Morena en su partido.
López Obrador no se irá a su rancho La Chingada, como había dicho hace unos meses, en caso de que perdiera la elección (¿alguien puede creer una sola declaración suya?, apenas 72 horas antes de los comicios reconoció el proceso y se comprometió públicamente y por escrito a respetar los resultados; como perdió, se olvidó de todos sus compromisos); está ya construyendo su campaña electoral de 2018, sólo adecuando en algunas líneas el mismo discurso que mantiene desde 2006: gobierno ilegítimo, instituciones tramposas, la mafia que compró el país, las elecciones (y de paso los electores) comprados por un puñado de pesos, las televisoras que no lo quieren y “el pueblo bueno” que lo apoya, pero que no se puede apartar ni un ápice de lo que su líder considere el camino adecuado a seguir.
Nunca aceptó que dirigente de partido alguno, aunque fueran sus aliados, los que pusieran el dinero y los apoyos, opinara sobre qué hacer con su movimiento y su candidatura. Y esos partidos y dirigentes, en una muestra de notable debilidad de carácter, lo aceptaron sin siquiera rechistar. En algunos casos por obvia conveniencia: sin López Obrador, tanto el PT como Movimiento Ciudadano serían fuerzas con representación escasamente local. Pero en el caso del PRD lo hicieron simplemente por miedo.
Decía este fin de semana Jesús Ortega que con la creación de Morena y la salida de López Obrador acabará la esquizofrenia en ese partido. Esperemos que sea verdad, porque hay que recordar que la esquizofrenia es una enfermedad que no tiene curación.
Lo que sí se puede hacer, mediante un tratamiento sicológico apropiado, con seguimiento y con una medicación adecuada, es anular casi por completo los síntomas de la enfermedad, y alcanzar, dicen los siquiatras, una normalidad en la vida del paciente casi como si ésta hubiese sido curada. Ese es el desafío del PRD: no se va a curar de la esquizofrenia con la que ha vivido casi desde su fundación, pero esa enfermedad se agudizó hasta el límite desde mediados de la administración de López Obrador en el DF. Desde 2006 ha sido su enfermedad crónica y ahora necesita regresar a la normalidad, vivir como si la enfermedad hubiera sido curada.
¿Qué tratamiento necesita el PRD? Para empezar, reconocer y aceptar la enfermedad, hacer un correcto diagnóstico de la misma y contar con una medicación que le funcione. Debe reconocerse a sí mismo: ¿es un partido institucional o que camina al margen de las instituciones?, ¿es un movimiento social radical o un partido socialdemócrata de centro izquierda?
El PRD está en condiciones de sobrellevar su esquizofrenia. Tiene algunos, varios, buenos dirigentes, aunque, esquizofrenia al fin, muchos de los mejores a lo largo de los años lo han abandonado porque sus corrientes no les dejan espacio. Tiene un buen jefe de Gobierno en Marcelo Ebrard, un político, además, con futuro, pero que ya debe abandonar las abrazaderas que lo han cobijado a lo largo de toda su vida política.
Tendrá en Miguel Mancera un jefe de Gobierno con enorme margen y carisma: no se gana una elección con 66% de los votos todos los días. Tiene gobernadores con amplio respaldo: desde Graco Ramírez hasta Arturo Núñez, pasando por Ángel Heladio Aguirre, y aliados muy significativos, como Gabino Cué. Es mucha fuerza política desperdiciada durante años, porque en la misma medida en que el partido y sus principales representantes eran atados al carro del lopezobradorismo, sus posibilidades se cerraban. Y por el contrario, Andrés Manuel López Obrador se convertía en el único beneficiario. Hoy tienen la oportunidad, no sé si de curarse de la esquizofrenia, pero por lo menos de decir, con Lupita D’Alessio: “Hoy voy a cambiar”.
* Jorge Fernández Menéndez, escritor, periodista y analista político de origen argentino. escribe en Excelsior y conduce el programa radiofónico Imagen Informativa.
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| Jorge Fernádez dice que AMLO ya está construyendo su campaña electoral para 2018. |
López Obrador no se irá a su rancho La Chingada, como había dicho hace unos meses, en caso de que perdiera la elección (¿alguien puede creer una sola declaración suya?, apenas 72 horas antes de los comicios reconoció el proceso y se comprometió públicamente y por escrito a respetar los resultados; como perdió, se olvidó de todos sus compromisos); está ya construyendo su campaña electoral de 2018, sólo adecuando en algunas líneas el mismo discurso que mantiene desde 2006: gobierno ilegítimo, instituciones tramposas, la mafia que compró el país, las elecciones (y de paso los electores) comprados por un puñado de pesos, las televisoras que no lo quieren y “el pueblo bueno” que lo apoya, pero que no se puede apartar ni un ápice de lo que su líder considere el camino adecuado a seguir.
Nunca aceptó que dirigente de partido alguno, aunque fueran sus aliados, los que pusieran el dinero y los apoyos, opinara sobre qué hacer con su movimiento y su candidatura. Y esos partidos y dirigentes, en una muestra de notable debilidad de carácter, lo aceptaron sin siquiera rechistar. En algunos casos por obvia conveniencia: sin López Obrador, tanto el PT como Movimiento Ciudadano serían fuerzas con representación escasamente local. Pero en el caso del PRD lo hicieron simplemente por miedo.
Decía este fin de semana Jesús Ortega que con la creación de Morena y la salida de López Obrador acabará la esquizofrenia en ese partido. Esperemos que sea verdad, porque hay que recordar que la esquizofrenia es una enfermedad que no tiene curación.
Lo que sí se puede hacer, mediante un tratamiento sicológico apropiado, con seguimiento y con una medicación adecuada, es anular casi por completo los síntomas de la enfermedad, y alcanzar, dicen los siquiatras, una normalidad en la vida del paciente casi como si ésta hubiese sido curada. Ese es el desafío del PRD: no se va a curar de la esquizofrenia con la que ha vivido casi desde su fundación, pero esa enfermedad se agudizó hasta el límite desde mediados de la administración de López Obrador en el DF. Desde 2006 ha sido su enfermedad crónica y ahora necesita regresar a la normalidad, vivir como si la enfermedad hubiera sido curada.
¿Qué tratamiento necesita el PRD? Para empezar, reconocer y aceptar la enfermedad, hacer un correcto diagnóstico de la misma y contar con una medicación que le funcione. Debe reconocerse a sí mismo: ¿es un partido institucional o que camina al margen de las instituciones?, ¿es un movimiento social radical o un partido socialdemócrata de centro izquierda?
El PRD está en condiciones de sobrellevar su esquizofrenia. Tiene algunos, varios, buenos dirigentes, aunque, esquizofrenia al fin, muchos de los mejores a lo largo de los años lo han abandonado porque sus corrientes no les dejan espacio. Tiene un buen jefe de Gobierno en Marcelo Ebrard, un político, además, con futuro, pero que ya debe abandonar las abrazaderas que lo han cobijado a lo largo de toda su vida política.
Tendrá en Miguel Mancera un jefe de Gobierno con enorme margen y carisma: no se gana una elección con 66% de los votos todos los días. Tiene gobernadores con amplio respaldo: desde Graco Ramírez hasta Arturo Núñez, pasando por Ángel Heladio Aguirre, y aliados muy significativos, como Gabino Cué. Es mucha fuerza política desperdiciada durante años, porque en la misma medida en que el partido y sus principales representantes eran atados al carro del lopezobradorismo, sus posibilidades se cerraban. Y por el contrario, Andrés Manuel López Obrador se convertía en el único beneficiario. Hoy tienen la oportunidad, no sé si de curarse de la esquizofrenia, pero por lo menos de decir, con Lupita D’Alessio: “Hoy voy a cambiar”.
* Jorge Fernández Menéndez, escritor, periodista y analista político de origen argentino. escribe en Excelsior y conduce el programa radiofónico Imagen Informativa.
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