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lunes, 7 de marzo de 2016

Francisco I. Madero el espiritista

…la otra cara del caudillo de la revolución



1891, año crucial en la historia de México. Con apenas ocho años de edad, el pequeño Francisco Ignacio Madero – futuro presidente de la república que impulsaría e inspiraría la guerra de Revolución- conoce por azares del destino la singular obra de Hippolyte Léon Denizard Rivail, pedagogo francés que para ese tiempo era popularmente conocido por su célebre seudónimo de Allan Kardec, el mítico personaje fundador de la doctrina del espiritismo.
Desde ese primer contacto con los innovadores tratados de Kardec, el imberbe hijo de Evaristo Madero Elizondo y Mercedes González Treviño, quedaría marcado de por vida. Por ende, el destino de la nación se vería afectado por la íntima y poco conocida relación entre el político, y el sistema metafísico que establece que los espíritus ―seres sin cuerpo material― pueden tener comunicación con los seres humanos.

La historia oficial del caudillo señala que en 1886, realizó sus estudios de agricultura en Maryland y seis años más tarde, cursó una especialización en peritaje mercantil en el instituto École des Hautes Études Commerciales (HEC) en Jouy-en-Josas, de Francia.
Fue en su estancia en tierras galas cuando el joven Madero sostuvo sus primeros acercamientos de manera formal con el espiritismo, pues entonces, la doctrina gozaba de gran popularidad no sólo al interior de Francia, sino que toda Europa se mantenía contagiada del furor generado luego de la publicación del ‘Libro de los espíritus’ de Kardec.
A su regreso a México y con casi treinta años encima, Francisco I. Madero, dispuesto a poner en práctica la facultad de ‘médium escribiente’, que le fue revelada en los círculos espiritistas parisinos, funda en el año 1900 el ‘Círculo de Estudios Psicológicos’ en su natal San Pedro, Coahuila.
Durante sus años de mayor y más fulgurante actividad en el espiritismo, el futuro guía de la Revolución Mexicana redactó y publicó, bajo el seudónimo de ‘Bhima’, el ‘Manual Espiritista’, un tratado que pretendía explicar la metafísica y que además sentaba las bases para adoctrinar al país en temas como la familia, la patria y la vida pública.
De acuerdo con las cartas escritas por el propio Madero, de 1901 a 1904 realizaba sesiones que contaban con dos presencias espirituales de antiguos miembros de la familia Madero: “Raúl”, el pequeño hermano fallecido trágicamente años atrás, y José Ramiro, de quien explica, la mayoría de las veces firmaba sólo como “José”.
“Raúl” aconsejaba a los seguidores del círculo que leyeran todas las comunicaciones sostenidas; que evitaran jugar pool y aprovecharan ese tiempo para la caridad; que utilizaran las riquezas materiales otorgadas por Dios para hacer el bien entre los pobres; que dominaran sus pasiones carnales y rechazaran los vicios; que dejaran la vida vegetativa, oraran con fervor y no mirasen con desdén los dictados del más allá.
Sin embargo fue “José”, según señala Madero en una misiva del 26 de junio de 1906 dirigida al espiritista español, León Denis, quien lo impulsó a buscar la vía de la política para luchar por una causa entonces ajena a sus intereses: la libertada de la nación.
Ya entrado el año 1907, el ‘espíritu’ de “José” –presente en casi todas las comunicaciones– anunció y exhortó a Francisco Ignacio la gran cruzada democrática que emprendería en poco tiempo.
Para llevar a cabo su misión, la preparación espiritual también incluía un conocimiento claro y metódico de la historia. “José” le recomendó leer ‘México a través de los Siglos’ y otras obras clásicas de la historia mexicana, mientras que a diario, Francisco leía los periódicos para conocer a la perfección el estado político y social del país.
Es así como en 1908, a recomendación de su espíritu guía, Madero publica ‘La Sucesión Presidencial en 1910’, obra que sienta los precedentes de la guerra de Revolución, pues el texto que desentraña la forma de gobierno, corrupción, y el estado de la dictadura del general Porfirio Díaz, inspira a diversos sectores que se levantaron en contra del presidente.
Su afición por la doctrina espiritista le valió innumerables y feroces críticas. La prensa de entonces no dudaba en tacharlo como un “loco que se comunica con los muertos”, sin embargo en perspectiva de historiadores y expertos en la Revolución, Madero prefirió hablar con espíritus, los que le anticiparon la tarea que le esperaba, la de ser un apóstol revolucionario de principios e ideales generosos.
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