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jueves, 24 de enero de 2013

Entre Ángeles y Demonios Culturales

Por Mónica Belén Hernández Bennettz

Cultura y Desarrollo

Ecatepec, Méx.- La cultura es el marco de todas las actividades humanas. Causa y consecuencia de las mismas pero que, para efectos de la planificación del desarrollo y la integración, además de su carácter transversal, debe ser considerada como un sector. Esta, fue conclusión de la Conferencia Latinoamericana Interparlamentaria de Cultura, realizada en Sao Paulo, Brasil en octubre de 2004.

Hoy, quienes tienen en sus manos las riendas del país y nuestro estado, han dado muestras de concordancia con tal planteamiento. Ambos han establecido a la Educación y la Cultura como elementos sustanciales de las políticas transversales de sus respectivos gobiernos.

El Plan Estatal de Desarrollo 2011-2017, presentado por el gobierno de Eruviel Ávila, deja clara la visión del gobierno mexiquense. La cual revisamos en la entrega anterior y en la que destaca el impulso del flujo cultural de actividades; la capitalización social de su impacto; y el fomento de “la integración social a través de festivales públicos y eventos de socialización del arte”.

Semanas después, el primero de diciembre, el nuevo gobierno federal dio muestra de tener el mismo concepto. En la primera, de las que llamó decisiones presidenciales, Enrique Peña estableció el papel fundamental de la educación e, implícitamente del arte, como elemento esencial para la reconstrucción del tejido social.

Ante este panorama, Educación y Cultura (binomio indisoluble), pueden convertirse en detonantes para que al fin, México acceda al sitio que en mundo debemos ocupar. Históricamente, hemos sido un país exportador de materias primas. A mediados de la década de los cuarenta, agregamos otro producto de exportación: la mano de obra no especializada y barata. A la vez, e internamente, como nación joven nuestra preocupación se centró en la creación de infraestructura. Décadas después, la mano de obra trasladada al extranjero, desarrolló una variante: ahora no solo salían trabajadores del campo, construcción o servicio, sino también, mexicanos enviados a estudiar posgrados y que, ahora, era altamente especializada. Y en los últimos tiempos, el ramo de la construcción ha vivido un importante auge.

Así ha sido nuestro camino. Pero hoy como Nación debemos atender una disyuntiva: continuamos desarrollando una Cultura del Ladrillo o transitamos a otra que, sin dejar de atender la creación de la infraestructura básica para el desarrollo sea también una Cultura del Conocimiento. Y esto, solo es posible a través del impulso a la educación y el fomento de la cultura como factores claves de desarrollo.

Lograrlo, sin embargo, implica resolver varias tareas: plantear la metodología y sistemas de intervención para detonar el potencial de la cultura y alcance sus fines; determinar los límites de esta intervención, para que los esfuerzos se centren en los de mayores posibilidades, ante la amplitud de enfoques que en el terreno cultural pueden darse; alcanzar un equilibrio entre éstos, que brindarían impactos claros y cuantificables, con aquellos más intangibles, pero fundamentales para dar cohesión y esencia; incorporar actores sociales a este esfuerzo; alcanzar la colaboración de todos los sectores; y de entre ellos, estimular la decidida participación del sector cultural, para que aporte su visión y experiencia.

El Estado de México y, particularmente, su zona oriente (donde pobreza y bajos niveles de educación y empleo, son de urgente atención), bien valen ese esfuerzo.

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