Pascal Beltrán del Río 02/09/2015 02:53
La última vez que un Presidente de la República pudo rendir su Informe de Gobierno anual desde la tribuna de San Lázaro fue en 2005, hace una década.
Al año siguiente, la oposición impidió la entrada de Vicente Fox al Palacio Legislativo y se inauguró la etapa de los mensajes presidenciales pronunciados desde la comodidad de un recinto en el que no ha habido un solo invitado indeseado.
De esa manera se perdió la oportunidad de que el informe fuera un acto de rendición de cuentas. Pasamos del Día del Presidente –como era el 1 de septiembre en los tiempos del autoritarismo– al día sin el Presidente.
¿Ganó algo el país? Fuera de quienes confunden los actos cívicos con las manifestaciones, y los argumentos con la majadería, creo que no.
Hoy el Informe de Gobierno es el mensaje que el Presidente pronuncia entre sus invitados (y no el tabique de papel que, por formalidad, se entrega al Congreso de la Unión).
Así que, en los hechos, el informe se rinde el 2 de septiembre. Ese día, la clase política, los medios y algunos académicos –quizá nadie más– esperan lo que puede decir el Ejecutivo, de forma directa o entre líneas, sobre cómo ve el país y cómo se ve a sí mismo.
Creo que estamos frente a una tradición en vías de implantarse, pues dudo que podamos volver a ver pronto a un Presidente en San Lázaro, salvo para la toma de posesión, cada seis años (y eso ni siquiera es ya obligatorio).
Hace un año, el presidente Enrique Peña Nieto veía distinto al país y se veía distinto a sí mismo.
Acababa de bajar el telón del periodo de reformas estructurales que se había propuesto sacar adelante. Después del acto en que promulgó las leyes secundarias de la Reforma Energética vendría el tiempo de la implementación de dichos cambios.
“Éste no es el país de antes… México se atrevió a cambiar y está en movimiento” fue la frase central del mensaje presidencial, en el que Peña Nieto dio un ejemplo del salto a la modernidad que vendría a partir de entonces: la construcción de un nuevo aeropuerto de la Ciudad de México, algo que Fox ya había intentado y terminó en un fracaso.
Pocos días después, el Presidente estuvo en Nueva York. Habló ante la Asamblea General de la ONU, donde anunció que México dejaría atrás su reticencia a ser parte de las Operaciones de Mantenimiento de la Paz (cascos azules). También dictó una conferencia ante el prestigioso Consejo de Relaciones Exteriores y obtuvo la invitación de Reino Unido para una vista de Estado.
Peña Nieto estaba en plenitud. Un miembro de su equipo me comentó que el expresidente estadunidense Bill Clinton había esperado dos horas para verlo, mientras el mexicano terminaba una cena con una constelación mundial de empresarios.
Confieso que el tiempo de la antesala me pareció exagerado y fui a comprobar el dicho. El capitán del bar del hotel St. Regis me lo confirmó: “Sí, aquí estuvo sentado anoche”, me dijo. “Se tomó dos ginger ale”.
Ese era el ambiente que vivía en esos momentos el Presidente. Estaba eufórico, por decir lo menos.
En las calles de Nueva York me tocó atestiguar varias manifestaciones contra mandatarios presentes: contra la sudcoreana Park, contra el iraní Rouhaní, contra la política israelí en Gaza… Ninguna tenía como blanco a México o aPeña Nieto.
Cómo cambiaron las cosas unas horas después de esa visita. Iguala fue el parteaguas y se inauguró lo que, hoy sabemos, ha sido un annus horribilispara el Presidente de la República y su gobierno.
En noviembre de 1992, la reina Isabel II acuñó políticamente esa expresión latina, en un discurso en ocasión del 40 aniversario de su ascenso al trono.
El año horrible al que se refería la monarca tenía que ver con un encadenamiento de hechos negativos para la familia real, desde el divorcio de su hijo, el Duque de York, hasta el incendio del castillo de Windsor, cuatro días antes de su discurso.
Hoy el presidente Peña Nieto podría aprovechar la comodidad de Palacio Nacional para sincerarse.
Me gustaría que allí dijera que sí, que ha sido un año horrible, pero que ha aprendido todas y cada una de sus lecciones (¿qué es la política sino ese tipo de aprendizajes?), y que desde hoy eso quedará atrás.
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jueves, 3 de septiembre de 2015
lunes, 20 de julio de 2015
Bandidos…¿ buenos?
Pascal Beltrán del Río
El próximo 14 de agosto se cumplirá un siglo de que Estados Unidos autorizó una misión militar en México para atrapar a Pancho Villa, quien había atacado el pueblo de Columbus, Nuevo México, cinco días antes.
A la cabeza de la expedición punitiva se colocó al afamado general John J. Pershing, quien había ganado sus galones y medallas aplacando las últimas rebeliones indígenas en el Medio Oeste de Estados Unidos y en la guerra de 1898 con España.
Durante casi un año, las fuerzas estadunidenses buscaron infructuosamente a Villa, adentrándose unos 600 kilómetros en el estado de Chihuahua, cuya accidentada geografía ayudó al bandolero vuelto revolucionario a mantenerse a salvo.
La inminente entrada de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial puso fin a la misión, que ayudó a magnificar la leyenda de Pancho Villa.
Perseguido por diez mil soldados, el duranguense logró incluso humillar a los invasores, escondiéndose tras la polvareda que levantaban los pesados vehículos blindados estrenados allí por los estadunidenses, e incluso apropiándose de un aeroplano, el cual fue utilizado para espiar a las fuerzas de Pershing.
Villa es sólo uno de tantos forajidos que han entrado como héroes en la cultura popular mexicana.
La reciente exhibición de carteles de apoyo a Joaquín El Chapo Guzmán; la impresión de camisetas con la imagen del fugado líder del cártel de Sinaloa; la creación explosiva de memes en las redes sociales, que celebran su nuevo escape, y hasta declaraciones en su favor por parte de celebridades, no hacen sino confirmar esa propensión de muchos mexicanos a admirar a personajes de su estirpe.
Eso debiera llevar al gobierno federal a calcular mejor sus reacciones, como el anuncio de las medidas destinadas a recapturarlo.
No creo que ayude mucho a su causa anunciar que diez mil elementos de las fuerzas de seguridad lo están buscando por todo el país, casualmente el mismo número de soldados estadunidenses que fueron tras Villa en 1916.
Los estadunidenses pudieron retirarse de Chihuahua con las manos vacías, sin sufrir una gran derrota mediática, porque el problema que representaba Villa para su país estaba contenido, y porque, como ya dije, Estados Unidos tenía enfrente un conflicto internacional de mayores dimensiones.
Pero, ¿qué pasará si México no logra recapturar a El Chapo en meses u años, como pasó entre 2001 y 2014? Inevitablemente, la leyenda del capo crecerá, porque en este país, nos guste o no, esas historias cautivan la imaginación de miles.
Como digo, no es nuevo el fenómeno. Ya había sido identificado por el historiador británico Eric Hobsbawm en sus trabajos Rebeldes primitivos(1959) y Bandidos (1969).
Fallecido en 2012, Hobsbawm desarrolló la tesis de que ciertos bandoleros cobran fama en las clases populares mediante el robo y el saqueo, porque sus acciones son percibidas como acciones de resistencia contra la autoridad y de liberación ante los opresores.
De hecho, Pancho Villa fue una de las figuras históricas analizadas por el historiador.
“Los bandidos sociales son campesinos forajidos a quienes el señor feudal y el Estado juzgan de criminales, pero que siguen perteneciendo a la sociedad rural y son considerados, por su pueblo, como héroes, campeones, vengadores, justicieros e incluso luchadores por la libertad, en todo caso como hombres que deben ser admirados, ayudados y apoyados. Esta relación entre los campesinos comunes y el rebelde, forajido y bandido, es lo que hace interesante el bandolerismo social”, escribió Hobsbawn enBandidos.
El historiador también llamó a este fenómeno un “movimiento social prehistórico”, en contraste con el movimiento obrero organizado. Y, por los casos que analizó, propio de sociedades preindustriales.
Lo cierto es que la admiración que suscita este tipo de personajes parece muy viva en México, lo cual obliga a las autoridades a afinar sus respuestas y, yo diría, a dejarse de frases sobadas en demasía, como “usar toda la fuerza del Estado”.
Por cierto, ¿a nadie se le habrá ocurrido mostrar los horrores causados porGuzmán para mantener su negocio criminal?
El próximo 14 de agosto se cumplirá un siglo de que Estados Unidos autorizó una misión militar en México para atrapar a Pancho Villa, quien había atacado el pueblo de Columbus, Nuevo México, cinco días antes.
A la cabeza de la expedición punitiva se colocó al afamado general John J. Pershing, quien había ganado sus galones y medallas aplacando las últimas rebeliones indígenas en el Medio Oeste de Estados Unidos y en la guerra de 1898 con España.
Durante casi un año, las fuerzas estadunidenses buscaron infructuosamente a Villa, adentrándose unos 600 kilómetros en el estado de Chihuahua, cuya accidentada geografía ayudó al bandolero vuelto revolucionario a mantenerse a salvo.
La inminente entrada de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial puso fin a la misión, que ayudó a magnificar la leyenda de Pancho Villa.
Perseguido por diez mil soldados, el duranguense logró incluso humillar a los invasores, escondiéndose tras la polvareda que levantaban los pesados vehículos blindados estrenados allí por los estadunidenses, e incluso apropiándose de un aeroplano, el cual fue utilizado para espiar a las fuerzas de Pershing.
Villa es sólo uno de tantos forajidos que han entrado como héroes en la cultura popular mexicana.
La reciente exhibición de carteles de apoyo a Joaquín El Chapo Guzmán; la impresión de camisetas con la imagen del fugado líder del cártel de Sinaloa; la creación explosiva de memes en las redes sociales, que celebran su nuevo escape, y hasta declaraciones en su favor por parte de celebridades, no hacen sino confirmar esa propensión de muchos mexicanos a admirar a personajes de su estirpe.
Eso debiera llevar al gobierno federal a calcular mejor sus reacciones, como el anuncio de las medidas destinadas a recapturarlo.
No creo que ayude mucho a su causa anunciar que diez mil elementos de las fuerzas de seguridad lo están buscando por todo el país, casualmente el mismo número de soldados estadunidenses que fueron tras Villa en 1916.
Los estadunidenses pudieron retirarse de Chihuahua con las manos vacías, sin sufrir una gran derrota mediática, porque el problema que representaba Villa para su país estaba contenido, y porque, como ya dije, Estados Unidos tenía enfrente un conflicto internacional de mayores dimensiones.
Pero, ¿qué pasará si México no logra recapturar a El Chapo en meses u años, como pasó entre 2001 y 2014? Inevitablemente, la leyenda del capo crecerá, porque en este país, nos guste o no, esas historias cautivan la imaginación de miles.
Como digo, no es nuevo el fenómeno. Ya había sido identificado por el historiador británico Eric Hobsbawm en sus trabajos Rebeldes primitivos(1959) y Bandidos (1969).
Fallecido en 2012, Hobsbawm desarrolló la tesis de que ciertos bandoleros cobran fama en las clases populares mediante el robo y el saqueo, porque sus acciones son percibidas como acciones de resistencia contra la autoridad y de liberación ante los opresores.
De hecho, Pancho Villa fue una de las figuras históricas analizadas por el historiador.
“Los bandidos sociales son campesinos forajidos a quienes el señor feudal y el Estado juzgan de criminales, pero que siguen perteneciendo a la sociedad rural y son considerados, por su pueblo, como héroes, campeones, vengadores, justicieros e incluso luchadores por la libertad, en todo caso como hombres que deben ser admirados, ayudados y apoyados. Esta relación entre los campesinos comunes y el rebelde, forajido y bandido, es lo que hace interesante el bandolerismo social”, escribió Hobsbawn enBandidos.
El historiador también llamó a este fenómeno un “movimiento social prehistórico”, en contraste con el movimiento obrero organizado. Y, por los casos que analizó, propio de sociedades preindustriales.
Lo cierto es que la admiración que suscita este tipo de personajes parece muy viva en México, lo cual obliga a las autoridades a afinar sus respuestas y, yo diría, a dejarse de frases sobadas en demasía, como “usar toda la fuerza del Estado”.
Por cierto, ¿a nadie se le habrá ocurrido mostrar los horrores causados porGuzmán para mantener su negocio criminal?
Por
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julio 20, 2015
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