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domingo, 21 de mayo de 2023

¿Por qué se le dice don Goyo al volcán Popocatépetl?

 



Uno de los volcanes más representativos de México es el Popocatépetl. Pero, ¿sabes por qué se le apoda don Goyo? Si no, ¡aquí te contamos!l

Además de la leyenda que asegura que los volcanes Iztaccíhuatl y Popocatépetl son producto de una triste historia de amor, existe una narración que nos cuenta el origen del apodo de este último; es decir, de don Goyo.

Según lo que se cuenta en el poblado de Santiago Xalitzintla, ubicado a 12 kilómetros del Popocatépetl, existen personas conocidas como temperos, los cuales pertenecen a la familia de los Analco.

De acuerdo con la tradición, los temperos son personas “elegidas” que tienen la capacidad de comunicarse con el espíritu del volcán. Es así como el origen del apodo se debe a uno de los temperos más famosos que han existido: don Gregorio Chino Popocatépetl.

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Sin embargo, don Gregorio no era un tempero común, pues lejos de escuchar los pensamientos del Popocatépetl; aquel hombre era considerado como la personificación misma del volcán.

Por eso, se cuenta que aparecía cada vez que el Popo estaba próximo a activarse. De esta forma, advertía a los pobladores sobre los posibles peligros que se acercaban y conseguía prevenir desgracias.

Debido a las apariciones de don Goyo, poco a poco la gente del poblado empezó a conocer con ese nombre al volcán. Incluso, como agradecimiento, cada 12 de marzo (Día de San Gregorio Magno) los pobladores le ofrecen bellas flores y deliciosos alimentos al imponente volcán.

La leyenda del Popo y del Izta

Según se cuenta, las montañas del Popocatépetl y del Iztaccíhuatl en realidad son un joven guerrero y una bella doncella. Ambos eran tlaxcaltecas y se amaban con toda la fuerza que les permitía su corazón. Sin embargo, un día en el que el joven debía partir para librar una de las muchas batallas que se dieron entre tlaxcaltecas y mexicas, la tragedia los alcanzó.

Aunque ambos habían prometido casarse cuando él regresara de la lucha, su fiel amada sucumbió ante la muerte. A su regreso, y a pesar de resultar victorioso, la noticia le robó cualquier ápice de felicidad. Según se cuenta, sus últimos días se enfocaron en tratar de honrar a su amada.

Finalmente, encontró la manera. Así que, sin perder más tiempo, mandó a erigir una tumba monumental bajo el sol. Ordenó que para ello se amontonara una decena de cerros. Posteriormente, cargó a la que sería su futura esposa entre sus brazos y la llevó hacia la cima de la montaña.

Estando ahí le dio un último beso y se arrodilló junto a su amada para velar su sueño eternamente. No se sabe si fue obra de los dioses prehispánicos, pero el tiempo pasó y se levantaron dos colosales montañas que parecen mirarse y adorarse por la eternidad; éstas son el mítico Popocatépetl y el impresionante Iztaccíhuatl.

 

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