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martes, 8 de agosto de 2017

El tapado: Sistema de engaños y mentiras

El “tapado ha sido una de las características sobresalientes del sistema político mexicano de las últimas décadas. Por expresión tan singular como representativa se entiende que el Presidente de la República escoge y selecciona a su sucesor, pero para evitar que a este último lo vayan a vulnerar o debilitar, lo protege, lo oculta, lo “tapa” hasta el momento en que se hace público que él es el señalado y a quien se le va a donar el cargo.


Este mecanismo tenía como base la existencia de un partido hegemónico o predominante en el cual los partidos de oposición —que eran débiles— no tenían ninguna posibilidad de ganar la elección presidencial.

El pueblo sabía muy bien que el Presidente designaba a su sucesor. Lo que era tan bien conocido por la sociedad trataba de ocultarse o cuando menos de atenuarse por los políticos e incluso por los académicos.

Ejemplo de lo anterior lo encontramos en Alberto G. Salceda, quien manifestó que el candidato del PRI era seleccionado por el Presidente de la República y, a su alrededor, por votos cuyo valor dependía de su situación política individual: los secretarios de Estado, los expresidentes, los líderes del Congreso federal, los gobernadores de los estados y los más importantes generales del Ejército y líderes de las organizaciones obreras y campesinas.

Octavio Paz. ilustre poeta y pensador, a su vez. señaló que el Presidente tenía la atribución indisputada de designar a su sucesor, pero debía antes consultar con los expresidentes y con los grandes jerarcas, quienes poseían el derecho de veto, principalmente los primeros, respecto al candidato del Presidente, ya que éste no debía provocar la oposición de las mencionadas personas.

Ya en 1978 escribí que era claro que “el Presidente saliente escoge a su sucesor y tiene para ello un margen de libertad muy amplio; quizá su única limitación sea que el ‘escogido’ no vaya a ser fuertemente rechazado por amplios sectores del país, lo que en realidad es difícil, o que, como se ha expresado, cometa un ‘disparate garrafal’. Por tanto, su discrecionalidad es casi absoluta”.

En los últimos años, al romperse el tabú de que los expresidentes de la República y los secretarios de Estado que habían sido mencionados como “tapados” se refirieran al tema, se ha confirmado lo que ya todos sabíamos: el Presidente designaba libremente a su sucesor.

Ese sistema resultó nefasto para México: un solo hombre decidía por millones de mexicanos, y si se equivocaba su error era pagado por todo el país y por millones de seres humanos que habían sido ajenos a tal decisión.

Varios expresidentes en algún momento manifestaron o dieron a entender con toda claridad que a posteriori de la decisión se habían percatado de que a quien habían designado no era la persona indicada. En tal sentido se pueden recordar señalamientos de Gustavo Díaz Ordaz. Luis Echeverría. José López Portillo y Carlos Salinas.

El sistema del “tapado”, que indudablemente en alguna época pudo haber tenido ciertas ventajas tales como la unidad en el partido hegemónico y contribución a la estabilidad política, fue un sistema perverso. Los “tapados” siempre eran miembros del gabinete presidencial pero nunca fueron más de cinco los que tenían la oportunidad de ser destapados.
Fue un sistema perverso porque se basaba en engaños y mentiras, lo cual, al final de cuentas, vicia la atmósfera política y moral de un país.

El Presidente de la República engañaba al pueblo y a los posibles “tapados”; no enseñaba su “juego” porque perdería poder al saberse con anticipación quién lo iba a sustituir; era una forma de control total que tenía hacia los principales secretarios de Estado; impedía que fuerzas políticas y sociales pudieran intentar vulnerar la imagen del seleccionado, o de los dos o máximo tres que realmente tenían alguna posibilidad.

El Presidente de la República mandaba mensajes secretos y contradictorios para confundir a los políticos y a la opinión pública.

En diversos casos, algunos de los posibles “tapados” también se sintieron engañados por el Presidente, no porque éste les hubiera dicho que él sería el escogido, sino porque así lo habían entendido por las deferencias recibidas, por los señalamientos públicos hacia su persona o por signos que habían sido bien o mal interpretados por el interesado.

Pero, a su vez. los posibles “tapados” se dedicaban a engañar al Presidente en lo relativo a sus cualidades, a sus verdaderas convicciones, a su forma de ser, a su lealtad respecto a su programa de gobierno y a su persona. Es claro que varios presidentes se quedaron atónitos al conocer la verdadera personalidad de su “tapado”. Habían trabajado juntos durante seis, doce o más años y realmente no lo conocía. Era un ser humano diferente al que se imaginaba.

En otras ocasiones habían sido amigos desde la niñez, pero su “tapado” había cambiado desde el momento que sintió sobre su pecho la banda presidencial.

En esta forma, el sistema del tapado se basaba en el engaño de todos hacia todos. La mentira como base de la relación política.

Lo único importante era. sin importar los medios, ganarse la voluntad del rey en turno para que su “dedo” lo favoreciera.

Además, este sistema que vició la atmósfera política y moral del país trajo consigo daños enormes. Los “tapados” en muchas ocasiones —nunca es acertado generalizar— no actuaron de acuerdo con los mejores intereses del país sino cuidando los propios, ya fuera otorgando información falsa o no precisa al Presidente, dejando de tomar decisiones para no vulnerarse o tomando las que no eran las correctas para el país pero que eran las que agradaban al Presidente; ocultando, minimizando problemas, dejándolos crecer o pudrirse para no comprometerse. Toda una teoría podría hacerse de los políticos cuya filosofía era —y aún es— la de nadar “de muertito”, la de no hacer olas, la de dejar pasar, dejar hacer. Así, en buena parte, se fueron acumulando y agrandando los problemas en el país.

Conforme los problemas de México se multiplicaron y profundizaron en las últimas tres décadas, el sucesor rompió con su antecesor—con anterioridad las causas del rompimiento fueron diversas—, generalmente no por perversidad, aunque sí se dio el caso, sino por necesidad política: él había heredado todos los problemas, el “malo” era su antecesor y antiguo jefe, él sí sabía cómo hacerlo y resolvería gran parte de los problemas que le habían sido endosados.

Este sistema basado en engaños, mentiras y perfidias fue mayormente aceptado en México hasta hace aproximadamente doce años, incluso por muchos de los partidos de oposición —los cuales designaban al “tapado” ya destapado también como su candidato— y por políticos importantes que después se volvieron sus acérrimos críticos cuando ese sistema perverso, cuyas reglas habían aceptado, no los benefició.

Y después, muchos se preguntan por qué México está como está. En el sistema del “tapado” se encuentra una, pero sólo una, de sus causas.

Jorge Carpizo. Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM.