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lunes, 26 de enero de 2015

¿Gobernar otros cuatro años así?

Por Román Revueltas Retes

Este país era bien diferente: pareciera que los mexicanos estábamos acostumbrados a vivir adversidades económicas y a soportar estoicamente las crisis que solían desencadenarse al final de cada sexenio desde ese momento fatal en que Luis Echeverría desmadrara la armónica progresión del “desarrollo estabilizador”.

Las cosas ya no son como antes. Para ejemplificar esta aseveración, imaginemos simplemente las catastróficas circunstancias que enfrentó Ernesto Zedillo al comenzar su gestión: el estrepitoso desplome de la moneda, la desorbitada subida de las tasas de interés, la quiebra de miles y miles de negocios, la súbita insolvencia de millones de deudores, etcétera, etcétera, etcétera. Pero, este país era bien diferente: vistas las cosas, pareciera que los mexicanos estábamos extrañamente acostumbrados a vivir adversidades económicas y a soportar estoicamente las crisis que solían desencadenarse al final de cada sexenio desde ese momento fatal en que Luis Echeverría, gastando dinero a manos llenas y llevando al extremo las políticas clientelares, desmadrara la armónica progresión del “desarrollo estabilizador”. Y, justamente, si bien es cierto que bajó notablemente la popularidad del sucesor de Carlos Salinas, fue este último el primerísimo satanizado (hasta nuestros días) mientras que el doctor Zedillo pudo conducir finalmente la nave a buen puerto.

Hoy, no podemos hablar de una situación ni lejanamente parecida. Ha bajado la cotización de las monedas de los países emergentes (de todos, no estamos hablando de un efecto tequila; es decir, las turbulenciascambiarías no las estamos provocando nosotros) pero el peso no ha sufrido una depreciación abismal; el petróleo (nuevamente, el reducido precio del barril resulta de una circunstancia global, no de la torpeza particular de los responsables económicos mexicanos) se ha abaratado y esto va a impactar de manera directa las finanzas públicas pero no es una hecatombe presupuestal sino un mero ajuste) y, en fin, el tema de la inseguridad, que el Gobierno de Enrique Peña quiso desligar de la agenda luego de que pareciera ser la principal preocupación del anterior presidente de la República, ha vuelto de manera tan inevitable como trágica.

Pero la atmósfera es bien diferente. Por alguna razón (muy probablemente, por la cultura ciudadana que resulta de los usos y costumbres de la democracia), los habitantes de México nos hemos vuelto tan críticos, respondones, malcontentos, quejoso e inconformes como los de todas aquellas otras naciones donde los gobernantes suelen afrontar el rechazo mayoritario de los votantes. Y es que, más allá de las expectativas no cumplidas todavía en el tema económico (la reforma fiscal no ayudó al crecimiento, si bien parece haber aumentado los haberes en las arcas públicas), de la persistencia (o aumento, inclusive, en el caso de los secuestros) de la inseguridad pública, de la divulgación de las compras de las casas del presidente o de su secretario de Hacienda y de la agitación promovida por quienes explotan interesadamente la salvajada perpetrada en Iguala —más allá de todo esto, repito—, no se puede afirmar que el desempeño de Enrique Peña no haya sido bueno: estamos hablando, por el contrario, de una gestión exitosa de la cual se derivan acuerdos muy beneficiosos para la nación y reformas de gran trascendencia. Pero, a muchísimos mexicanos les tiene sin cuidado esta realidad y no le reconocen méritos al actual presidente. Tan evidente es el descontento de la gente que ha comenzado a circular la interrogante de cómo habrá de terminar su sexenio siendo que, a dos años apenas de haber comenzado, las cosas parecen bien difíciles.

No podemos anticipar infortunios si bien es posible que vuelvan a ocurrir terribles atrocidades y que brote algún otro escándalo por ahí. Pero sí es importante, creo yo, que tenga lugar una respuesta del Gobierno a una situación que, en México, es totalmente inédita. Porque, miren ustedes, muchas señales avisan de un nuevo fenómeno: el agotamiento de la tolerancia a la corrupción. La gente, simplemente, está harta de comprobar que no hay castigo alguno a politicastros saqueadores y esto, en un entorno donde la realidad de todos los días es muy dura para millones de compatriotas. Y el tema no es tampoco demasiado complicado: saben quiénes son y saben dónde están. Dicho de otra manera: si cualquier hijo de vecino puede localizar la fastuosa mansión actual, digamos, de un antiguo gobernador nacido en un ranchito, un fiscal no debería de carecer de pistas para emprender acciones legales y pedir cuentas.

Lo complicado es entrar en acción, naturalmente: hay que olvidar antiguas complicidades o desentenderse de acuerdos previos, por no hablar de sacrificar a personas que se creían resguardadas por su cercanía con el poder político. Pero, es un camino que, si lo emprenden nuestros gobernantes, les serviría para restaurar, de un plumazo, toda legitimidad y todo prestigio. De otra manera, en efecto, serán cuatro años muy largos.

lunes, 12 de enero de 2015

La sacrosanta libertad de ofender

Al musulmán piadoso, afincado en un país democrático y tolerante, no debiera siquiera importarle que aparezca por ahí una publicación cuyas páginas jamás habrá de hojear. ¿Por qué, entonces, matar a quienes la editan?

Por Román Revueltas Retes

El atentado de París —calificado de “monstruosamente imbécil” por el filósofo Edgar Morin, en las páginas del cotidiano Le Monde— ha desatado acaloradas discusiones sobre los alcances de la libertad de prensa: alguna gente, si bien condena a regañadientes la barbarie, añade un “sí, pero” que bien pudiera compararse, cuando ha ocurrido la violación de una mujer, a la artera imputación de que llevaba minifalda. En este caso, los caricaturistas de Charlie Hebdo se hubieran expuesto ellos mismos a ser asesinados por su desenvuelta querencia a burlarse de una religión. A sus críticos no les parece aberrante, aparte de aterrador, el mero hecho de que el dibujo de una alegre viñeta le pueda causar la muerte a su autor siendo, además, de que no es obligatoria la compra de la revista donde aparecen las ilustraciones.

Al musulmán piadoso, afincado en un país democrático y tolerante, no debiera siquiera importarle que aparezca por ahí una publicación cuyas páginas jamás habrá de hojear. ¿Por qué, entonces, matar a quienes la editan? Pues, muy simple: porque no todos los musulmanes son creyentes tranquilos sino que muchos de ellos se han convertido en fundamentalistas que tratan de imponer, a sangre y fuego, su creencias; son gente que, interpretando a la letra sus textos sagrados, desconoce brutal y abusivamente los derechos de los demás; y lo más espeluznante del asunto es que a una burla, a una simple caricatura pintada a lápiz, no responden con palabras, o con otros denuestos, sino que llegan y te descerrajan un tiro en la cabeza. No me gustó lo que publicaste sobre mis creencias: te mato.

Pero, justamente, ¿por qué se burlan de una religión, los caricaturistas? ¿Por qué no respetan a los demás? ¿Por qué ofenden? Estas preguntas parecieran sustentar el principal argumento de quienes atribuyen a los redactores de Charlie Hebdo, por mínima que sea, la responsabilidad de su propia muerte. Y, de paso, marca una infranqueable línea divisoria entre las personas, como yo, que defendemos el derecho a ofender al prójimo y aquellas otras que, muy comprensiblemente, quisieran que el mundo fuera lo que no es, a saber, un espacio poblado de buenos sentimientos y de reverente respeto a las (otras) religiones.

Entramos aquí a un terreno muy espinoso: el tema de la religión es mucho más delicado que el de las ideologías políticas aunque encontremos la intolerancia de los fanatismos en uno y otro campo. De entrada, se da por entendido que las creencias religiosas son merecedoras de una cuidadosa observancia por parte de todos los individuos. En esta ecuación, sin embargo, no entrarían los excesos, los razonamientos aberrantes, las fábulas y las invenciones, por no hablar de la estremecedora violencia que han promovido la gran mayoría de las religiones en este planeta: en el mejor de los casos, Galileo se tuvo que retractar de sus afirmaciones científicas y, en el peor, miles y miles de seres humanos fueron quemados vivos, descuartizados, torturados y ejecutados por la Santa Inquisición.

No veo, en todo esto, nada que pueda ser respetable. Y, miren ustedes, hoy día la Iglesia Católica ya no mata pero los islamistas (que, hay que aclararlo para la gente que no conoce el significado de las palabras, no son todos los musulmanes sino los fanáticos integristas), pretextando que a Alá o que al profeta Mahoma les preocupa grandemente que se publiquen caricaturas —o que las mujeres no se cubran de pies a cabeza o que vayan a la escuela o, a su vez, que los hombres no vivan enteramente entregados a la adoración divina—, perpetran atroces asesinatos y masacres no sólo en París sino, sobre todo, en unos países musulmanes donde la inmensa mayoría de las víctimas, incluidos esos cientos de niños que fueron vilmente asesinados hace poco en Pakistán, son los propios habitantes. Y, por si a alguien le parece que estas barbaridades resultan meramente del enloquecido extremismo de algunos individuos, permítanme ustedes resaltar el caso de Raef Badawi, quien acaba de ser condenado a diez años de cárcel y a que le den mil latigazos (en público), en Arabia Saudí, por “insultar el islam”. Estamos hablando, aquí, de la manera en que un Estado administra la justicia. En Irán, mientras tanto, Youcef Nardakhani fue condenado a la horca por apostasía, es decir, por haberse convertido al cristianismo.

Pues bien, más allá de estar absolutamente horrorizados, ¿no nos podemos burlar de estos toscos bárbaros, no podemos hacer jubiloso escarnio de su perniciosa imbecilidad, no nos podemos refugiar en el humor libertario —y liberador— para reforzar la identidad que nos hemos forjado en el proceso civilizatorio? ¿No podemos, precisamente porque vivimos en países donde hay plena libertad de expresión, pitorrearnos de esos rústicos de la derecha religiosa estadounidense que pretenden suprimir, en las escuelas públicas, la enseñanza de la Teoría de la Evolución y sustituirla por la historia que cuenta el Antiguo Testamento? ¿Debemos autocensurarnos, quienes no portamos un arma sino un simple bolígrafo, para aparecer como los dóciles adeptos de esa bobalicona concordia que nos quieren imponer los apóstoles de la corrección política —o esa mansedumbre de receta que promueve la gente que se pretende “espiritual”— en vez de ser tan irreverentes como provocadores, tan majaderos como desconsiderados, tan furiosos como blasfemos y tan sacrílegos como groseros siendo, por si fuera poco, que tenemos enfrente a una horda de asesinos? Yo creo que no.

revueltas@mac.com