El Primor ya es un hecho. El presidente compró al PRI y pagó poco. Al final, el partido de López Obrador no es otra cosa que la refundación del PRI de los 70.
Para los ingenuos que pensaban que el PRI iba a formar parte
de un bloque opositor, todo indica que la certeza les duró poco. Se les dijo,
se les advirtió: el priismo está más cerca de Morena que de la oposición. Se
siente más a gusto con los suyos, con los que abandonaron sus filas que con los
otros. Al final, el partido de López Obrador no es otra cosa que la refundación
del PRI de los 70.
El Primor es lo de hoy, es el movimiento político más grande
que hay en el país. Los expriistas de ayer junto con los priistas de hoy son la
fuerza gobernante en el país encabezada por López Obrador, un priista de viejo
cuño. El PT, el Verde, los partidos satélites del morenismo, comenzarán a valer
mucho menos ahora que los tricolores se han lanzado a los brazos de su patrón
el Presidente. Porque el priismo se siente bien si se aglutina alrededor del
poder; un Presidente suyo les da rumbo, les quita ese sentimiento de orfandad
que les ha dado la derrota.
No en balde el dirigente de los priistas recibe el sobrenombre
de Amlito, en lugar de Alito como le decían quienes eran
cercanos. En un discurso ridículo que dio en la Cámara de Diputados el priista
gritaba emocionado: “¡El PRI ni se vende, ni se quiebra, ni se dobla!”. De risa
loca. No pasó ni una semana y el priismo ya estaba quebrado, vendido y doblado.
Votaron con Morena la ley que quería el Presidente para las Fuerzas Armadas, y
al priista gobernador de Sinaloa lo nombró el mismísimo López Obrador ¡como
embajador en España!
El nombramiento de Quirino Ordaz no solamente es una muestra
de desprecio a quienes forman el servicio de carrera en la Cancillería, es
también una más de las agresiones diplomáticas del Presidente con ese país.
Dice el Presidente que hay que arreglar las relaciones con la monarquía y el gobierno
español, a quienes calificó de soberbios porque no le contestan sus agresiones
y despropósitos, que incluso los ha puesto por escrito, y para tal fin manda no
a un cercano, no a un experimentado diplomático –la embajadora que estaba era
una diplomática de amplia carrera–, sino a un elemento de un partido distinto
al suyo que se convirtió en su lacayo y le entregó la plaza al Presidente. Un
premio para el priista, otra grosería para España.
Es claro que a López Obrador la diplomacia y lo que suceda en
el mundo ni le gusta ni le interesa. Pero cómo tratar a los priistas sí que lo
sabe hacer. A unos los tiene amenazados –el turno esta semana toca al senador
Osorio Chong– y a otros les da dulces. Besos y golpes como fórmula de
amedrentamiento. Los priistas han respondido. Acababa el Presidente de acusar
al exgobernador y ahora coordinador de los diputados priistas, Rubén Moreira,
de recibir favores de un empresario, y éste puso presuroso a su bancada a votar
a favor de una iniciativa presidencial. Los trae agarrados del pescuezo.
La alianza opositora nada más sirvió para tratar de lavarle
la cara al priismo. Un falso brochazo de oposición al proyecto populista;
perdieron todo, sus resultados fueron malísimos, sigue siendo el partido más
rechazado y no parece encontrar acomodo en el escenario si no es pegándose a
alguien más para ocultarse. Ayer fue la alianza opositora, ahora es el
Presidente.
En el priismo habrá algunos liberales que no se sientan a
gusto con lo que sucede, pero se van a disciplinar. Así son. Lo cierto es que
el Primor ya es un hecho. El Presidente compró al PRI y pagó poco.
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