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miércoles, 22 de febrero de 2017

El incierto futuro migratorio


MANUEL SÁNCHEZ GONZÁLEZ



El nuevo presidente de Estados Unidos ha iniciado una campaña de combate a la inmigración ilegal en ese país. Sus órdenes ejecutivas al respecto reflejan una visión negativa, expresada desde su carrera a la presidencia, sobre los inmigrantes indocumentados, en especial de los mexicanos a quienes ha incluso calificado como delincuentes.


Independientemente de la falta de objetividad de esta última tipificación, el impacto de las posibles medidas antimigratorias es incierto y puede ser significativo.

Se sabe que ese gobierno buscará realizar deportaciones masivas, así como reforzar la vigilancia fronteriza, para lo cual ha insistido en la construcción de un muro con México. Sin embargo, no se conoce en qué grado estas y otras acciones marcarán un cambio de forma o, más bien, de fondo con consecuencias profundas.

Un breve repaso por la historia migratoria en Estados Unidos proporciona bases para conjeturar sobre lo que podría ocurrir. Con información del Pew Research Center, es posible destacar las siguientes cinco observaciones.

Primera, Estados Unidos es una nación en la que el crecimiento poblacional ha estado muy asociado con la inmigración. Desde mediados del siglo XIX, la población estadounidense nacida fuera de ese país ha experimentado un aumento casi continuo, impulsado por tres olas migratorias sucesivas. En la primera, que concluyó hacia 1890, los inmigrantes provinieron principalmente del norte de Europa; en la segunda, que va de ese año hasta 1920, la inmigración fue fuertemente de Europa del sur y del este; y la actual, que inició en 1965, dominada por América Latina y, en menor medida, Asia.

Segunda, durante los años entre la segunda y tercera olas migratorias, la población no nacida en Estados Unidos se contrajo. La causa principal parece haber sido la culminación de políticas estrictas de prohibición a la entrada, mediante la promulgación de leyes con cuotas nacionales que privilegiaron a unos pocos países europeos. Así, la participación de los inmigrantes en la población estadounidense pasó de 14.8% a principios del siglo pasado a 4.8% en 1965.

Tercera, la mayor expansión de la población inmigrante ha ocurrido en la fase actual, propiciada por la eliminación del sistema de cuotas nacionales. La nueva ley favoreció el otorgamiento de visas con propósitos de reunificación familiar y, secundariamente, de empleo. A pesar de la expansión inmigratoria sin precedente, la proporción de los nacidos fuera de Estados Unidos en el total de la población se encuentra actualmente ligeramente por debajo de la prevaleciente hace un siglo.

Cuarta, con mucho, la fase actual inmigratoria ha estado impulsada por el arribo de mexicanos. Los inmigrantes de México tienden a exhibir una baja escolaridad y una fracción importante de ellos entraron de forma ilegal. Por ello, desde los años ochenta, la agenda de la política migratoria de Estados Unidos ha estado dominada por las preocupaciones sobre los indocumentados.

Quinta, durante los últimos diez años las entradas de migrantes a Estados Unidos se han reducido debido a la menor presencia de mexicanos. De hecho, se estima que la inmigración neta de éstos ha llegado a ser negativa, lo que ha incluido una disminución de entradas ilegales, así como mayores salidas totales, dentro de las cuales las deportaciones no parecen ser mayoritarias. En la desaceleración influyeron, entre otros, las secuelas adversas de la Gran Recesión de 2008 en Estados Unidos, el declive previo en la tasa de natalidad de México y el reforzamiento de las medidas contra la migración ilegal en aquel país.

El recuento anterior permite derivar algunas conclusiones para el futuro. El persistente aumento de la población de inmigrantes parece responder principalmente a factores de largo plazo como las disparidades internacionales de ingreso, la demografía y el marco regulatorio en Estados Unidos. Un cambio en esa tendencia probablemente requeriría medidas legislativas estrictas, como las ocurridas en los años veinte del siglo pasado. En este sentido, no pueden descartarse acciones cuyo resultado sea la reducción drástica de la población ilegal.

Un corolario de lo anterior es que las deportaciones masivas podrían presionar la oferta laboral en algunos sectores productivos de Estados Unidos donde se concentran los indocumentados. Si tales medidas no se complementan con una facilitación de entradas legales asociadas a la demanda por ese tipo de trabajadores, la eficiencia de esa economía podría sufrir un menoscabo.