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martes, 10 de enero de 2017

Pactos…¿?


MACARIO SCHETTINO


Si no consideramos el pacto que, a la muerte de Obregón, permitió a Plutarco Elías Calles construir el Partido Nacional Revolucionario, en la historia moderna de México hay sólo dos pactos. Uno, entre el gobierno y los factores productivos, en un entorno todavía de partido hegemónico; el otro, entre las fuerzas políticas, haciendo de lado a esos mismos factores productivos.

En diciembre de 1987 se anunció el Pacto de Solidaridad Económica (PSE). Se trataba de un plan antiinflacionario que reproducía el aplicado en Israel dos años antes con bastante éxito, y en el que se convocaba a los factores productivos: empresarios, trabajadores y sector primario, para que cada quién aportase algo. El gobierno anunciaba reducción de gasto y dinero en circulación, y se comprometía a aumentar todas sus tarifas exactamente en la misma cantidad en que aumentaban salarios y precios. Así, al coordinar las alzas, se eliminaba el elemento inercial de la inflación. El PSE fue posible gracias a la devaluación innecesaria que resultó del crack de octubre de ese año, que nos daba un colchón de 25 por ciento de subvaluación en la moneda, y a que seguíamos viviendo en un sistema autoritario de partido casi único. Fue mejor incluso que su antecesor israelí, y logramos reducir la inflación de 150 a 20 por ciento anual en sólo tres meses, con un costo relativamente bajo. Sin embargo, la crisis acumulada desde 1982, agravada en 1986, y los daños de la apertura económica iniciada en ese último año, seguramente repercutieron en la elección de 1988, de la que como usted sabe, nunca conocimos el resultado.

El otro pacto es el muy reciente Pacto por México, en el que no participaron los factores productivos, sólo los partidos políticos. En un contexto democrático, las tres principales instituciones, con más del 90 por ciento del poder político del país, negociaron y acordaron las reformas que todos sabían que eran necesarias desde los tiempos del TLCAN, pero que no habían podido concretarse. El avance que eso significó fue inmenso, aunque se trate de medidas impopulares, especialmente entre los perdedores: maestros, petroleros, empresarios oligopólicos, y quienes siguen enarbolando el discurso del nacionalismo revolucionario.

Precisamente por eso, porque las decisiones de verdad producen siempre malquerientes, son muy difíciles de impulsar. Si a ello le suma uno comportamientos inadecuados, peor. La popularidad de Miguel de la Madrid, que nunca fue muy elevada, se desplomó en 1988. La de Peña Nieto, que tampoco era magnífica, empezó a caer con el pacto, y se desplomó con la 'casa blanca' y Ayotzinapa. No se ha recuperado. Con el nivel que terminó 2016, era de esperar que el alza en el precio de la gasolina fuese muy mal recibida por la población, y por lo tanto aprovechada por la oposición.

La respuesta es una especie de pacto similar al de hace treinta años, sin medidas claras ni mucho interés de los asistentes ni partido hegemónico. Y aquí les pregunto: ¿Ustedes que hubieran hecho?

Fuera de broma, el gobierno está en una situación complicada, porque las bases del viejo sistema político se han derrumbado paulatinamente, dejando sólo el cemento que las unía: la corrupción. No hay político en México que tenga más de un tercio de intención de voto, o lo que es lo mismo, dos tercios de la población en contra.

Dicen algunos que es un error de comunicación, pero si usted recuerda, esa misma crítica se ha escuchado desde los tiempos de Zedillo. Y es que no hay control alguno de la agenda pública, porque las redes sociales lo impiden (en todo el mundo, acá también).

Dicho más fácil: serán dos años difíciles.

Profesor de la Escuela de Gobierno,Tec de Monterrey.